Zelea Cornelius Codreanu , Tercera Parte.

EXALTACIÓN DE CODREANU

Es difícil y tentador al mismo tiempo escribir sobre el Capitán de Rumania, como es difícil y tentador escribir sobre la vida misma, entendida ésta como suma de las más bellas y profundas calidades. Porque Cornelio Codreanu tiene para la angustia de nuestra actual generación española un doble símbolo: el de su persona -vida y muerte-, alucinante y fecunda, y el de la tierra nutricia que le dio el ser y le formó el alma, ya que ésta no es más, aparte la psiquis divina de su formación, que la consecuencia de la Patria en que se nace. Y nace precisamente Codreanu en Rumania, en la Rumania hispana y romana, hermosa tierra de Ula s, que aró con doble hierro patricio -arado y espada- el César-Emperador Trajano-Augusto, hijo de España, ciudadano de Roma. Roma y España han sido, son y serán, por la gracia de Dios -no lo olvidemos-, las dos únicas fuerzas capaces de crear en el mundo físico una empresa de orden universal, superando los particularismos egoístas de otras delirantes y limitadas empresas. Roma es algo y es mucho, cuando de Urbe se transforma en Orbe: Urbem fecisti quod prius Orbis erat…, canta Rutilib Namanciano en versos de bronce, y España salta de la belleza renacentista a hacer otra vez el mundo, Universo. Así, Cornelio, fiel a su numen y a su sangre, representa en el mundo que muere y frente al mundo que nace el destino fecundo. «Para el viento, el alba es buen regazo», cantó una vez la triste voz de un alma rumana, la del poeta Silehanu. Y en el regazo de un alba dura se meció apretado del Capitán mientras soplaban los vientos desencadenados de las peores concupiscencias. Toda su obra fue una llama inflamada de amor, amor tan alto, que sobrepasa en su fuego el estrecho marco local de la redención – por noble que éste sea -de una Patria para trascender en empresa de unión por cima de las fronteras. No ha habido, seguramente no habrá, un movimiento político que pueda rebasar en espíritu al movimiento de la Legión de San Miguel Arcángel, a la marcha iluminada y cadenciosa de los Guardias de Hierro. Muchas veces he dicho que sí Falange Española tiene en Europa algún entronque hondo, es con el rumor caudaloso de los Legionarios del Capitán: igual dedicación suprema a Dios, igual desdén por la materia, igual menosprecio de programas… Naturalmente que la Guardia no era un puro afán contemplativo, un quietismo político. Aparicio ha dicho acertadamente que en Codreanu hay dos Arcángeles -un solo Arcángel completado mejor, diríamos -: el Arcángel seráfico, en el que el alma y el amor son todo, y el Arcángel exterminador, amor también que guía su brazo en Iassi, cuando ejecuta ante el Tribunal en que comparece al Prefecto licencioso, vendido a la judería, que había sádicamente golpeado en el calabozo a su prometida, como él rumana y como él sangre de rumanos. «Parece que Dios nos hubiese elegido intencionadamente tan pobres a todos para demostrar que la materia no tiene nada que ver con nuestra victoria.» En estas palabras de Codreanu está toda la clave de su obra; aquí reposa la honda vena de donde la Legión sacará, en las horas atroces del martirio, la sobrehumana fuerza que la hará, como nuestra lucha, inasequible al desaliento. Aquí está asimismo la fuerza que armará su brazo implacable en los duros combates de la lucha contra el mal. ¡Triste y feliz destinación la del Capitán, como la de nuestros Ramiro y José Antonio! Tenía que ser sacrificado por la estúpida inconsciencia de unos y por la insondable maldad de los otros. ¡Triste y feliz destinación…! Hoy, con los ojos empañados, recordamos al Capitán Codreanu, puro entre los puros, y lo recordamos ligado a entrañables cosas. Ligado sobre todo a nuestro común destino, que un día alboreará triunfalmente porque Dios y sus muertos lo imponen; ligado a sus mejores, Ion Motza, Vasile Marín…. que luchando a nuestro lado en la dura guerra española, cayeron valientemente en la paramera castellana. Ligado, en fin, a nuestra alma. «Porque el mal, la miseria y la ruina no proceden de la materia, sino del alma.» Decidlo, decidlo por doquiera, insistía, arrebatado, el Capitán. Mas es nuestra el alba de oro.

José María Castroviejo

LA MISIÓN DE CORNELIU CONDREANU

La Rumania legionaria ha nacido alrededor de quince estudiantes de Bachillerato congregados en torno de Cornelio Zelea Codreanu en el bosque de Dobrina, junto a Husí. Quien haya leído «Los endemoniados», de Fedor Dostoiewski, o «Sacha Yegulev», de Andreiev, podrá imaginarse el clima y el acento: místico, juvenil, dinamitero y misterioso de estas tenidas en la selva, de estos conciliábulos donde se imitan las costumbres de los antiguos bandidos o las conjuras de las sectas cismáticas, encandilando la imaginación de la pubertad. Husí es una ciudad moldava con Obispo ortodoxo, catedral bizantina y vino con temperatura y sabor para alegrar el corazón. En Husí era catedrático del Liceo Juan Codreanu, padre de Cornelio e hijo y nieto de campesinos leñadores. La estirpe rumana, cuya metafísica es el tuétano hondo del credo legionario, se ha reproducido más genuinamente, más castizamente, más acendradamente en la prole labriega, religiosa y docta de los profesores y de los popes. Ion Motza era hijo de un pope, como Codreanu y Horia Sima, hijos de Catedráticos del Instituto. La guerra europea sorprendió a Cornelio Codreanu siendo un rapaz de catorce años, y habiendo movilizado a su progenitor como teniente de un Regimiento alpino, cuando en 1916 Rumania era invadida por su fidelidad a los aliados, el muchacho Cornelio, espigado, cetrino, melancólico, partió también para la guerra y llega a ser algo así como alférez provisional. El armisticio lo lanzó como a sus camaradas, sin los estudios de segunda ensenanza terminados, pero con el cuerpo terne ya y con el alma perpleja y zozobrante, a todas las encrucijadas del país, que se había convertido en la gran Rumania, para que los judíos engordasen con el botín de la victoria. La crisis espiritual y política de 1919 repercutió agudamente en aquella nación de agricultores, en aquel Estado que la paz de Versalles entregaba a la servidumbre de Londres y París y a un refinamiento cosmopolita de restacueros; pero cuya población era en su ochenta por ciento nacionalmente y saludablemente rural. Esta desproporción entre el afrancesamiento de la clase dirigente y la esencialidad terruñera del pueblo, tanto como el peligro bolchevique en las fronteras, la infiltración masónica y la hegemonía israelita, angustiaron el alma misionera de Codreanu, incitándole a la fundación. Aquella reunión fantástica y pueril del bosque de Dobrina halló su sede y su doctrina preliminar en la Universidad de Jassy y ante la palabra docente y antisemita del profesor Cuza. Jassy, en la Moldavia, no lejos del río Pruth, que ahora separa a los rumanos de la Rusia, había visto nacer a Cornelio Zelea Codreanu, como pasar y sustitiurse a tantas invasiones eslavas, magiares, turcas y búlgaras. Jassy es una ciudad de Extremadura, de marca, fronteriza, por lo que necesita que sus habitantes resistan todo el ímpetu extraño, todo el alud exterior, a la manera de murallas. Jassy es una ciudadela secular, y allí el profesor Cuza no sólo profesaba Economía a sus alumnos, sino que era el más fanático enemigo teórico y práctico de los hebreos. Presumía Cuza de no haber conversado jamás con un judío, y cuando un insolente transeúnte de la raza de Israel osó disputarle la acera, la furia polémica del profesor descargó sobre el circunciso, que quedaba tendido a paraguazos. Sobre este fondo de pasión académica contra los hebreos, minoría monopolizadora a través de sus tres millones de tentáculos dentro del Estado rumano, y bajo la mirada ortodoxa de los iconos que hieráticamente vigilan a Rumania; Cornelio Zelea Codreanu había decidido servir a su Religión y a su Patria con una táctica subversiva, revolucionaria. Lejos de paralizarse en la delicuescencia eslava de la no resistencia al mal, Codreanu comenzó entonces una lucha activa y voluntariosa contra el pecado en los demás; pero sobre todo contra el pecado dentro de uno mismo. Era menester que cada futuro legionario se purificase interiormente, ofreciendo su intimidad a la más revulsiva catarsis. Por esa necesidad de repristinación de cada correligionario de Codreanu, se explica que cuando su primera entrevista con el Príncipe Cantacuceno, habiéndole interrogado el legendario general acerca de si la Guardia de Hierro era una milicia, Cornelio respondió súbitamente: «Es una religión». Aunque Codreanu no fue nunca un hereje ni un reformador de la Teología, sino un cristiano, un cristiano militante y prácticamente, a quien, no repugnaba empuñar la pistola o el revólver para abatir a los adversarios de Cristo o de la estirpe rumana. El proselitismo ejemplar de Codreanu prendió tan pronto en la juventud de su país, que a su regreso de Alemania, donde fue todavía en estudiante que conoce por los periódicos la marcha sobre Roma y el fracaso heroico de la intentona de Hitler en Munich, las Universidades, con sus escolares audaces y purísimos acudieron como falenas alrededor de su luz. Durante la primavera de 1923 las cuatro Universidades del reino. Bucaresti, Cluj, Cernauti y Jassy vacaron de repente, porque sus alumnos iniciaban su huelga terrorista ante la tiranía hebraica que chupaba la sangre del campesino, mancillando todos los hogares y altares, rumanos, donde arden litúrgicamente y sin parpadear los cirios votivos de los fieles. Fue entonces la primera prisión, el primer proceso y la primera absolución de Codreanu, que inspirándose en la voz más verídica de su casta y como quien verifica un sacrificio expiatorio tuvo que disparar con su propia mano de asceta contra el Prefecto dé su nativa Jassy. El proceso fue escandaloso y espectacular; pero a Cornelio Zelea Codreanu, como si fuera protegido ya por el Arcángel San Miguel, cuya revelación le fue patente contemplando el icono dorado de la Cárcel de Vacaresti, el día 8 de noviembre de aquel año; a Cornelio Zelea Codreanu le absolvieron sus jueces, porque ya le había perdonado el mismo Dios. Desde 1923 a 1927, quien va a ser luego el Capitán de Rumania, recorre las tierras entrañables de su Patria predicando y convirtiendo. Le siguen muchachitos y labriegos, profesores y mujeres, gente popular e ignorante y gente muy sabia y aristocrática, para los que Codreanu no presenta un programa, sino la obligación de una revolución preliminar en el corazón de los hombres. En la fiesta de San Juan Bautista del año 1927 fue constituida la Legión de San Miguel Arcángel. Escatológicamente Codreanu veía simbolizar en el dragón que aplasta la arquitectura militar del Arcángel, la hidra del semitismo, cuya secuela más radical era la propaganda comunista en el mundo. Ante la imagen de San Miguel, Patrón de los rumanos, y cuando el calendario ortodoxo festeja su onomástica, el 8 de noviembre de 1927 que era el aniversario de su aparición en la Cárcel de Vacaresti, celebró Codreanu matinalmente la primera reunión de sus legionarios. Aquella junta duró sólo un minuto, puesto, más que perder el tiempo en discusiones retóricas, se precisaba dedicarse a la acción apasionada, apostólica y quirúrgica. Codreanu, vestido con la camisa alba de los campesinos, ciñéndole un cinturón de cuero su torso fanático de gladiador, cenceño y bronceado por la vida del agro, por su existencia elemental, repetía a sus camaradas que más que cien libros de doctrina, valían la construcción de escuelas rurales, de casas para los ancianos y viudas, de cruces para las Iglesias y Cementerios y hasta de ataúdes para los muertos más menesterosos. Todos los legionarios trabajaron sin descanso mientras que cantaban, porque Cornelio Zelea Codreanu repetía también: «Quien va a robar no canta nunca, tampoco canta el que comete un delito o una falta prohibida». Construyendo, cantando y combatiendo, cristalizó la máxima más alta de la Filosofía de la Legión de San Miguel Arcángel. Esta máxima o más bien tal mandamiento es el amor: «Allí donde no hay amor -anunciaba Cornelio Codreanu -, no hay vida legionaria. El amor representa la reconciliación entre los dos principios de Autoridad y Libertad. El amor no puede producir tiranía, ni opresión, ni injusticia, ni rebelión sangrienta, ni guerra civil…» Pero la guerra civil y la opresión y la justicia eran queridas por los tiranos de Rumania, ante cuyas persecuciones tuvo que oponer la Legión de Codreanu su Guardia de Hierro y sus Escuadras de la Muerte. Elegido diputado en 1931, Codreanu transformó la Legión en la Guardia de Hierro, para que no se creyese que bastaba la lucha parlamentaria, sino que era preciso que todos y cada uno de los juramentados fuera un soldado férreo, un arma vigilante. Tres adolescentes legionarios, el trío de estudiantes conocidos después por el anagrama de «Nicadori», atentaron mortalmente contra el Presidente del Consejo rumano, Juan Duca, al que habían seguido hasta el Palacio Real de Sinaia, viajando en un vagón de tercera clase. Los folios de este proceso enredaron, junto a los «Nicadori», a Codreanu y al General Cantacuceno. Este general, que vino a España en 1936 para traer una espada forjada por los legionarios para el General Moscardó, dejando, a la vez, en las Compañía del Tercío a Iion Motza -cuñado de Cornelio y teórico de la Guardia-, a Vasile Marin, a su sobrino el Príncipe Cantacuceno, al pope Dumitrescu – único superviviente de, esta expedición caballeresca y sacra contra la plutocracia y el marxismo-, y otros camaradas más; el general condecorado con la medalla más insigne de Miguel el Bravo, recogió en 1937 la primitiva Legión, la Guardia de Hierro, disuelta por Duca, bajo el título que ostentan todos nuestros cuarteles. «Totul pentru Zara» será el último nombre público de los legionarios antes de sumergirse en las catacumbas y perder a su Capitán; porque ahora el adversario más implacable, más tenaz y más poderoso es Carlos II, el propio rey de los rumanos. El machacamiento de la Legión iba a ser refinado y cruel, usurpando la cáscara de su dogmática, así como todo el ceremonial y la estilística de las revoluciones nacionales, para que los golpes asestados a sus entrañas fueran más homicidas y mortales. En este tiempo la Legión se transfiguró místicamente y actuaba dentro de un atmósfera ritual que parecía descender de los Monasterios del Monte Athos. Coincide ese tiempo con el retorno fúnebre a Bucaresti de los legionarios que sucumbieron junto a nosotros en Majadahonda. Ante las tumbas de Vasile Marin y Juan Motza suena la voz de Codreanu con acento de trueno: «Mientras los enemigos sojuzgan y los politicastros nos venden, ¡oh, rumanos!, gritad audazmente conmigo: Patria, Patria, Patria». Tras el sacrificio de Motza y Marín, muchos miles de legionarios como su Capitán prestan el juramento de la castidad y del holocausto. Puesto que la existencia legionaria está transida por una religiosa inspiración, de igual modo que el crédulo ortodoxo se prepara para la comunión anual con ayunos y mortificaciones, también la Legión estaba preparándose para el sacramento del martirio. Durante la Pascua de 1938 Cornelio Zelea Codreanu fue detenido y acusado de alta traición por los sicofantes del Monarca. Antes se había intentado arrebatarle el ideario, constituyendo el Ministerio de Octaviano Goga y del Profesor Cuza, ambos anti-semitas y maestro el último de Cornelio desde su cátedra de Jassy. Luego fue el gabinete de Mirón Cristea, el patriarca de la Iglesia rumana, para privar a la Legión del sostén popular y fervoroso del clero. Ningún tribunal puede condenar a la horca a Cornelio Codreanu, porque es demasiado inocente, pero se le conduce a la esgástula de Ramlikut Sarat, donde ha de cumplirse la sentencia de diez años de reclusión. Cornelio Zelea Codreanu ya no es el campesino de la camisa blanca de sus abuelos leñadores, que no bebe, ni fuma, ni abusa de los sentidos, que trabaja en común con sus camaradas por las aldeas más humildes, mientras predica la «Buna Vestire», el Evangelio; sino que es el Capitán de los rumanos, el Capitán de la leyenda y de la estirpe, donde se mezclan y confunden Decébalo y Trajano, Miguel el valeroso y el transilvanio Horia, junto a los santos de la hagiografía de Valaquia y Moldavia. A Carol aterra el mito de Cornelio Zelea Codreanu, y tanto como al Rey, a su camarilla y a madame Lupescu que viven en la impureza. Tanto candor y resplandor en la prisión de Remlikut Sarat remordía y humillaba. Así es que se decretó la ejecución para el 30 de noviembre de 1938 entre la complicidad de Calinescu, Marinescu y Bengliu. Los gendarmes sacaron de la cárcel a Codreanu con el pretexto de conducirlo a Bucaresti, en compañía de los tres «Nicadori» y de los legionarios que regresaron de España. Al llegar al bosque de Ziganesti, brutalmente, se le estranguló con un nudo corredizo arrojado desde la espalda de cada prisionero. Se les remató a balazos para que no resucitaran y sus despojos fueron enterrados en un pudridero de la fortaleza de Jilava, cerca de la capital. Quisiera infundir a mis palabras en esta parte postrera del relato la concisión y la rigidez de la prosa forense; porque no obstante su tono frígido, el asesinato nos espanta. Cornelio Zelea Codreanu tenía que terminar así, dando razón a una profecía entre las innumerables de su «Guardia de Hierro para los legionarios». En este libro sacro de la Legión se escribe con letras que podían estar miniaturizadas: «Existen derrotas y muertes que despiertan nuestra estirpe a la vida, mientras que hay victorias que nos la adormecen». Y muerte podrá ser más útil a la estirpe que proclamó después Codreanu: «Así nuestra todos los esfuerzos de nuestra vida entera. Porque nuestros verdugos no permanecerán sin castigo, y no pudiendo vencer en nuestra vida, venceremos ciertamente muriendo».

Juan Aparicio

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar