Zelea Cornelius Codreanu Primera Parte.

VIDA Y DOCTRINA DE CORNELIU ZELEA CODREANU Tomás Escolar y Jesús Nieto

Prólogo

Este libro, que se fue haciendo página a página, es uno de los pocos que cumplen el mandamiento de Nietzsche. Perdido el creador de Zaratustra en aquella batahola de libros y revistas que urdieron las postrimerías del siglo pasado, ya sin fe en el progreso ni en la redención humana, Nietzsche juró no leer más que los libros que se hubieran escrito con sangre. Y ocurre que las páginas de éste parecen escritas por la vida misma, con sus dolores y sus esperanzas, sus presentimientos y sus sobresaltos. Como si un jirón trágico de la historia rumana se hubiera posado sobre unas cuartillas, nos llegan los documentos que se publican casi despojados de personalidad y, precisamente por eso, penetrados de una seducción indecible de ese hechizo sobrehumano que ejerce sobre nuestro corazón todo lo cósmico: el mar, la tempestad, la noche, el silencio, las montañas. Lo que ha pasado en Rumania está bien cerca de nosotros; de ello hablan por todas partes periódicos y testigos. Pero entender de manera apropiada lo que había de ensueño y de renunciación en aquellos hechos que son tan cercanos en el tiempo, no es cosa fácil. Fueron creados por un torrente de pasión, y es bien notorio, que la pasión no se deja captar más que por la pasión; el entendimiento que sirve para desentrañar las más arduas dificultades en matemáticas, nada tiene que hacer aquí. Pero esta distinción infranqueable en las fronteras del conocimiento humano que veda por entero a algunos hombres la comprensión de lo que pasa a su alrededor, ya que no es posible entender un problema de álgebra con el corazón ni una partitura de Bach con el entendimiento, como no es posible ver un cuadro de Rembrandt con los oídos ni escuchar con los ojos una sinfonía de Beethoven, esta angustiosa frontera del conocimiento humano, digo, agranda su imperio con la pobreza irremediable de expresión que acompaña siempre a todo lo que brota de la entraña de lo humano como un grito de salvación. Yo he visto con más hondura el íntimo latido que anima el movimiento rumano de salvación oyendo a mi grande amigo, el fuerte y exquisito poeta que anima la publicación de estas páginas, que leyendo periódicos y revistas en que se describen minuciosamente las peripecias de la Guardia de Hierro y las doctrinas, pasión y muerte de Codreanu, que sigue inspirando aliento y confianza desde las alturas a los que han seguido sus huellas en días de tribulación. La emoción, cuando no se agota en meros estados de ánimo, pide el contagio personal como único órgano de expresión; y por eso un rato dedicado al recuerdo de las vicisitudes de los últimos años en Rumania bajo la amistad y el entusiasmo del Sr. Cotrus, es más fructuoso que todas las lecturas de este mundo. Porque no hay nada capaz de desempeñar la misión de la palabra cuando se trata de intuir el secreto que anima a movimientos como el rumano, con pocas formas de expresión y con la angustia religiosa en erupción. Y es claro que ni la tormenta de la angustia ni la placidez inefable que nos llena de esperanza se dejan apresar por las ideas; no nos queda mas que el presentimiento para orientarnos en este mundo en que alteman la zozobra más dolorosa y la entrega más plenaria Para hacernos cargo de lo que ha sido y es el movimiento rumano de salvación es preciso entenderlo como fruto de nuestro tiempo y de nuestras inquietudes; en todos los pueblos de Europa, en mayor o menor medida, se han producido movimientos de este tipo, aunque no han corrido en todos los países la misma suerte. En Alemania, en Italia y en España triunfaron a tiempo. Y los pueblos en que no lograron triunfar están pagando bien caros sus yerros: ahí están los ejemplos. ¿Qué ha sido el movimiento religioso y político que acaudillaba Codreanu? ¿Qué pretendía hacer de Rumania y del hombre rumano? ¿Qué fue y qué quiso la Guardia de Hierro? Allá en los tiempos más remotos del recuerdo humano, cuando los campos se llenaron de dioses, las fuentes de náyades los bosques de ninfas y la noche y el día trabajaban en la creación del mito, corría una leyenda trágica que va a hacernos comprender de una ojeada lo que nos pasa hoy en Europa. Las naves de Agamenón no podían hacerse a la mar porque los dioses no enviaban vientos propicios. Un adivino presintió la voluntad que lo animaba todo y pidió el sacrificio de Ifigenia, la hija más pura de Agamenón. Y cuando el sacrificio de la juventud y la pureza se hubo consumado, llegaron vientos propicios y las naves del ejército griego se hicieron a la mar. Europa, entregada desde el Renacimiento a la tarea, de cultivar el alma humana y al dominio insaciable del mundo entero, creó una cultura portentosa que culmina en la Ilustración y una técnica más portentosa aún que da sus frutos más sazonados en nuestros días. Ingentes son, sin duda, estas creaciones; nada parecido se había hecho en el mundo. Pero ocurrió que ya en plena cúspide de esa prodigiosa cultura humana se comenzó a sentir cansancio; los hombres, en fuerza de cultivar su alma, lograron perfección de estatuas, el caso de Goethe es ilustre; pero ese cansancio brotaba de las más hondas raíces de lo humano. Aquella cultura no colmaba el anhelo más irrenunciable del corazón: dejaba al hombre perdido en un enjambre de contradicciones y no le enseñaba el camino de su salvación. Y el cansancio que comenzaron a sentir los más egregios espíritus como formas que se acomodaban a la naturaleza de cada uno: a veces se nos aparece como resignación, otras veces como desaliento, como entrega frenética a tareas que son ajenas a la más irrenunciable vocación, como vaga esperanza en brumas de un porvenir inaccesible… Y poco a poco, sin percatarse el europeo muchas veces de la tragedia que se le venía encima, fue perdiendo la fe en aquellos mundos sobrehumanos que antes le habían prestado asilo en las tempestades de su alma. Fue la llegada de la soledad que torturó a las almas generosas del siglo XIX, sin nada sobrehumano que le amparase y sin fe ya en el vigor de sus propias creencias; el hombre se encontró solo e inerme ante la esfinge, y como no había remedio humano de salvación y los otros remedios se habían alejado de sus manos, el hombre de las postrimerías del siglo pasado se entregó a la obra mítica que resolvió Dédalo en el laberinto de Creta: el hombre europeo intentó salir del laberinto de sus dudas haciéndose alas con sus propios anhelos. Nietzsche, como hijo infortunado del escultor cretense, voló demasiado alto y sucumbió en plena tempestad; Ibsen, otro hijo infortunado de Dédalo, voló demasiado bajo y murió en plena renunciación. Y el europeo, ya sin salidas a la vista, se buscó artificiales, y mientras unos se entregaban a las delicias del momento, como ansiosos de apresar lo irremediable, se entregaban otros a faenas de redención social, en donde buscaban, por lo pronto, perderse en un vago sentimiento de redención humana, y quizá también una manera de dar rienda suelta a la ternura infinita que ardía en su alma. Y cuando comienzan las luchas de Codreanu, es decir, cuando llegan a la vida política de Europa las nuevas generaciones, se encuentra con que no hay fe que anime los corazones, con que la economía, prodigiosamente desarrollada, va ahogando más cada día el ímpetu personal y los propósitos humanos de que había brotado, y, como si fuera una fuerza ciega con la misión de arrollarlo todo, agrandaba su imperio con sus propios recursos. Las masas, que antes hablan sido sumisas y piadosas, se encontraban en la calle como un poder infernal desencadenado. Y ésta fue la situación que tuvieron que afrontar las nuevas generaciones de Europa; en unos pueblos de una manera, en otros pueblos de otra, pero en el fondo igual en todas partes Es la situación de que nos habla Mussolini al recordar los comienzos de su lucha: «Entonces sólo se sabía morir” nos ha dicho. Y he aquí que estas generaciones, sin más fondo histórico que unos años y sin creencias que ofrecieran un contenido claro, tuvieron que hacerse cargo del destino de Europa. Y hoy podemos decir ya con sosiego que la han salvado. ¿Pero cómo fue posible echarse en brazos de la fe sin saber a ciencia cierta en qué se creía? Por eso la manera más apropiada de entender lo que pasa hoy en Rumania, como dije antes, es oír sus lances de labios de uno que los sienta en su carne y los lleve como vida en sus recuerdos. No hace falta decir que lo propio acontece con Italia, y con Alemania, y con España. Creer lo contrario sería repetir la pregunta de intelectual resabiado que hizo Pilatos a Jesús en tiempos también de crisis. Lo que hicieron los combatientes de la Guardia de Hierro, más o menos, es lo que hacían los italianos o los alemanes antes de la llegada al Poder o lo que se ha estado haciendo en España. hasta hace bien poco tiempo. Cárceles, persecuciones, luchas sin tregua, peligros y sobresaltos, asesinatos, martirios…. esperanza, abnegación, generosidad, sacrificio, ensueño, renunciación, anhelo inefable de salvación nacional y humana A la luz de nuestro tiempo, tan asaetado por todos los rigores, se ve mejor que nunca que Europa, repartida en pueblos y lenguas, camina resuelta hacia el porvenir que ha conquistado con prestancia y enjundia de gran nación. Los legionarios rumanos vivían en plena posesión lírica; las canciones se repetían sin tregua ni descanso; el entusiasmo llenaba todos los corazones hasta en los más oscuros menesteres de la vida cotidiana; la pureza se enseñaba y se pedía como sentido íntimo de toda la vida, la lealtad y la ayuda. Se pedían y se enseñaban estas cosas; pero Dios, que nos enseñó a pedir sólo el reino de su Padre, daba a los rumanos la esperanza por añadidura porque está escrito que quien quiera salvar su alma la perderá, Y es verdad al alcance de cualquiera que sólo la entrega plenaria de lo que somos y quisiéramos ser nos da esa fe tranquila que buscamos en vano los solitarios del siglo pasado en cavilaciones y salidas artificiosas al mundo en que se agitaba la masa con estremecimiento y presagio de huracán. Codreanu, que nace el último año del siglo, estudia en un ambiente tan poco propicio al sosiego como el de aquellos días, hoy ya tan lejanos, en que se presentían los estragos de la guerra mundial o se angustiaban los corazones con los riesgos espantosos que veían en el porvenir. Codreanu dedicó entonces su vida por entero a lo único capaz de seducir a un hombre valeroso: la redención de Rumania y la salvación histórica y personal de los rumanos. Pero jamás se perdió de vista que la gran empresa en que estaban colaborando en armonía todas las juventudes europeas era la salvación de este viejo mundo que, a pesar de sus hazañas y de sus siglos, como Anteo cobra alientos y esperanzas en cuanto se pone con comunión con la tierra de que ha brotado. Mota, que vino a luchar y a morir por España. y que nos ha dejado su cuerpo enterrado en nuestra tierra, dice con toda precisión en una de sus cartas que viene a luchar en España porque está íntimamente persuadido de que el destino de España no es lejano en manera alguna al de su país. También nos dice con insistencia y con pasión que la fe, maltratada en sus símbolos más egregios, impone la necesidad de la lucha. Y es conmovedor ver cómo hombres, tan buenos y tan puros que hasta el paso de las estaciones del año les infunde sentimientos de pesar o de alegría, empuñan las armas y se ingenian en la tarea tremenda de matar a sus semejantes. El movimiento rumano de salvación, como el alemán, el italiano’ el español y todos los que han proliferado en el suelo de Europa, siente en grado sumo el hechizo y la llamada del misterio. Y este sentimiento se revela en las masas como vecindad y poderío de la muerte. Lo que nos importa hoy en Europa no es vivir de aquella manera regalada que soñó el siglo XIX, en trance tan duro como el que tuvieron que afrontar las generaciones jóvenes, lo importante es salvarse del desánimo y el remordimiento. Ramiro Ledesma, que fue también precursor y guía de las juventudes españolas, y que también, como Codreanu, fue asesinado dos años antes de ver sus frutos, conocía bien esta manera arriesgada de vivir, y el peligro de que pasaran estos años dramáticos sin poner todo en la lucha, le horrorizaba. Con frecuencia nos decía que, si no encontráramos otro resorte más hondo, bastaría el hecho de temer la deserción en tiempos tan cargados de peligros como el nuestro para echarse a la calle con las armas en la mano. Y en su famoso «Discurso a las juventudes de España», ha acuñado para siempre estas palabras: «La situación de la Patria es concluyente: A toda velocidad se acerca el momento histórico en que le toque decidir bajo qué signo se operarán las transformaciones. Hay ya quien maneja los aldabonazos con cierta energía. Pues bien, nosotros, levantando la voz lo más que nos sea posible y rodeándola del máximum de emoción, decimos a las juventudes actuales de la Patria: «La subversión histórica que se avecina debe ser realizada, ejecutada y nutrida por vosotros. Disputando metro a metro a otros rivales el designio de la revolución nacional. «Este momento solemne de España, en que se ventilarán sus destinos quizá para más de cien años, coincide con la época y el momento de vuestra vida en que sois jóvenes, vigorosos y temibles. «¿Podrá ocurrir que la Patria y el pueblo queden desamparados y que no ocupen sus puestos los liberadores, los patriotas, los revolucionarios? «¿Podrá ocurrir que dentro de cuarenta o cincuenta años estos españoles, que hoy son jóvenes y entonces serán ya ancianos, contemplen a distancia, con angustia y tristeza, cómo fue desaprovechada, cómo resultó fallida la gran coyuntura de este momento, y ello por su cobardía, por su deserción, por su debilidad?» Y así acaba Ramiro Ledesma su famoso y discutidísimo libro en que se dirigía a las juventudes de España con la pasión que ponen los oradores y con el reposo que le dejaron en su alma, como don del cielo, aquellos años en que no vivía más que para comprenderlo todo. También en esto se parece a Codreanu, aunque el Capitán fuera más blando de expresión y tuviera una fe más a flor del alma. Si fuéramos cotejando los dogmas que han servido de resortes al gran movimiento rumano en estos últimos años, encontraríamos, sin grande esfuerzo, que se parecen en lo esencial a los que animaron nuestras primeras luchas de las J.O.N.S. Empezamos unos años más tarde que Codreanu porque las circunstancias de la vida española habían sido muy distintas de las que atravesaba entonces la rumana. Sin haber tomado parte en la guerra mundial, con un régimen político de cierta estabilidad y con una seguridad en lo económico de que no gozaban muchos pueblos de Europa, era natural que aquí no se sintiera pronto el agobio y la angustia de los tiempos nuevos. Nuestra situación geográfica nos aseguraba además una independencia plena y no había grandes peligros a la vista. Fueron precisos el derrumbamiento de la Monarquía y las amenazas temerosas de un proletariado sin fe ni escrúpulos para que se sintieran en nuestro suelo las demandas de los nuevos tiempos. Todos los rasgos primarios del movimiento rumano están en los otros movimientos semejantes que se han desarrollado en la tierra fecundísima de Europa como flores de salvación. Y precisamente por esta entrañable comunidad que nos une a todos y por el destino común que nos aguarda en lo futuro, nos seducen más las peripecias y nos duelen más las desdichas de los pueblos europeos. Rumania ha cumplido su destino con singular tortura; el rigor con que fueron tratados los legionarios de la Guardia de Hierro no es comparable más que al ensañamiento que padeció España en poder de los rojos. El día 30 de noviembre de 1938 era asesinado Cornelio Codreanu, dos años antes de su triunfo nacional; y en noviembre y en los últimos días de octubre eran asesinados en España. José Antonio y Ramiro Ledesma Ramos, dos años antes que Codreanu. El sacrificio está consumado. Miles y miles de legionarios rumanos murieron en soledad y en sufrimiento. Como un combatiente nobilísimo que no regatea esfuerzo ni tortura, la gran nación rumana prestó sus mejores hijos y sus más caros ensueños a la obra común de redimir a Europa y sacar al hombre del tremedal de incredulidad en que estaba hundido. Como noche tormentosa que huyera perseguida por los destellos de la aurora, la época de prueba y de peligro que padecíamos ha disipado sus contornos en la imponente luminosidad de tanto sacrificio y heroísmo. Y aquel frío que iba entumeciendo poco a poco el corazón del europeo, ha dejado paso a esa dulce tibieza que nos llega cada día con promesas y esperanzas nuevas. Ya se ha consumado el sacrificio; los vientos propicios lo pregonan en la anchura de los cielos. Y Europa, con enjundia y prestancia de gran nación, se hace a la mar sin orillas ni limites de un porvenir ganado con sangre Y con amor.

Emiliano Aguado

El 13 de septiembre de 1899 nace Cornelio Zelea Codreanu, en Iassy, capital de Moldavia. Hijo mayor del matrimonio del profesor Ion Zelea y Elisa Codreanu, proclamó siempre su ascendencia campesina, como si la tierra de montes y bosques pesara en él con dolor y fuerza de siglos. En Husí, pequeña ciudad moldava, donde su padre, fervoroso nacionalista, fija poco después su residencia, estudia Codreanu las primeras letras. La escuela primaria define, ya en el principio, la entereza y él temple, la inquietud y rebeldía del que más tarde será Capitán de Juventudes. A los trece años ingresa en el Liceo Militar del histórico «Minastire Dealului», que guarda los restos sagrados de Miguel el Bravo, forjador de la primera unidad política rumana. Al estallar la guerra por la unidad nacional, abandona los estudios para alistarse voluntario en las filas del ejército liberador de Transilvania. No tiene la edad reglamentaria y se une al 25 Regimiento de Infantería de Vaslui, de heroica tradición, donde sirve también su padre con el grado de capitán. El joven Codreanu lucha por vez primera, cara a la muerte, en su tierra de Transilvania. Arrastrado en la polvareda de aquella tremenda y dolorosa retirada, va recogiendo a su paso los fusiles de camaradas muertos, para que las armas no puedan así caer en manos del enemigo. Regresa a Moldavia para terminar los estudios de quinto curso en el Liceo, y el 1º de septiembre de 1917 es admitido en la Escuela Militar de Botosani. Su ficha de alumno, durante aquel año de permanencia en la Escuela, apunta ya los contornos breves y exactos de la figura combativa y ardiente del Capitán: carácter dulce y alta conducta moral. Unas palabras de tímida profecía cierran la «Hoja de Clasificación»: -Será un buen comandante… No tienen, ciertamente, la dimensión entera y total, cobrada después, pero sí la clara elocuencia de aquellos primeros años, en que la vida se abre para Cornelio Zelea Codreanu con toda la intensidad de su misión en la Rumania de la postguerra.

II – En la Universidad de Iassy.

Aquella anexión de territorios de Rusia y Hungría en 1919, a favor de Rumania, marca el punto de arranque de la agitada política rumana hasta el 1940. La emancipación y plenitud de ciudadanía concedida a los judíos, el variadísimo y enconado mosaico de razas entreveradas a lo ancho y a lo largo, había de mantener indefinidamente en pie el más grave peligro para el logro de la soñada unidad política de los rumanos. Y si algo faltara, el bolchevismo de los soldados rusos de Moldavia, acrecentado por la proximidad del comunismo húngaro de Bela Kun, prende en las masas trabajadoras del país, creando desde aquel momento un serio peligro para el Estado. El movimiento comunista salta de los campos a la ciudad y, al amparo de sectores bien conocidos de los claustros universitarios, adquiere verdadero volumen de partido antinacional. Cornelio Zelea Codreanu, que ha vuelto a Husí, abrevia los últimos cursos en el Liceo para ingresar en otoño del mismo año –1919 – en la Universidad de Iassy. El joven estudiante define desde el primer momento su clara y decidida posición frente al bolchevismo, poniéndose al lado de «Los Guardias de la Conciencia Nacional». Rumania no consigue aquietar su política interior y exterior. Y en febrero de 1920 los comunistas declaran la primera huelga general. La bandera roja ondea en los edificios públicos de Iassy, ante el asombro y la cobardía de una mayoría burguesa que no se atreve a romper aquel frente que amenaza hundir el futuro de la patria. Codreanu atraviesa la multitud exaltada de odios y falsa predicación y hace jirones entre sus manos el trapo rojo. Tiembla su carne, y el dolor de su pueblo atenaza su espíritu joven, que no dará jamás cuartel ni al peligro ni al desaliento. Con visión de política cierta afirma entonces sus dos primeros postulados de orientación nacional-universitaria: «Que los judíos no sean admitidos en los centros de estudios superiores. Que el estudiante rumano sea obligado a ocuparse de los movimientos sociales y sea él quien señale a su estirpe el buen camino y la proteja de las falsas corrientes». *** Un año ha transcurrido desde su ingreso en la Universidad. Y asombra la prodigiosa actividad de aquel joven de veinte años, que, en medio de aquel ambiente cerrado y hostil, logra crear un verdadero frente universitario, como lo prueba el Congreso estudiantil de Cluj, donde Codreanu, al frente de un grupo de las Universidades de Iassy y Cernauti, impone valientemente su criterio a 600 estudiantes «humanitaristas». En la apertura del siguiente curso, el Senado Universitario acuerda suprimir la tradicional aspersión. La mayoría de los estudiantes nacionalistas no se encuentra en Iassy. Y Cornelio Codreanu y su camarada Frimu Vladimir, cierran la puerta del claustro a profesores y estudiantes. En la puerta principal, Codreanu cae ante el empuje violento de la multitud que le acosa. Y el Senado cede a la emoción restableciendo la ceremonia de ritual. Aquella victoria, que no es la primera de su vida universitaria, presenta a la juventud rumana el claro dilema de su posición ante la Historia: apretar con violencia la unidad nacional en lo más hondo de los valores eternos, o vivir en la miseria política, a merced de partidos, judíos y rapaces, impotentes para contener la inquietud de los grupos étnicos que pugnan por disociarse. Los poetas movieron siempre a sus pueblos. Especialmente a su juventud. Y Codreanu atrae a sus filas la mística exaltación de la Universidad, determinando, como miembro fundador de «La Guardia de la Conciencia Nacional» y jefe de los estudiantes nacionalistas, una fuerte corriente de represión anticomunista. La tarea se ofrece a sus ojos, abiertos solamente a la luz de las cosas grandes, como rico y apretado trigal de parábola bíblica. Rematado en cruz. Y ya en 1921 principia la persecución, desatada en todos los frente contra él. Expulsado «para siempre» de la Universidad por un claustro demócrata, que condena solemnemente su actividad nacionalista, la Facultad de Derecho hace valer su jurisdicción y bajo su responsabilidad permite la inscripción de Cornelio Codreanu para el examen final de curso. Elegido presidente de los estudiantes de su Facultad, y más tarde, en 1922, de las «Asociaciones de Estudiantes Cristianos», organiza detenidamente aquel movimiento inicial, que va tomando cuerpo, determinando el camino doctrinal y de acción en el aspecto nacional rumano. En junio de 1922 se licencia en la Facultad de Derecho de Iassy.

III – “Es mi última palabra”

El peligro comunista parece alejarse por un momento del suelo rumano. Polonia, Rumania y Hungría orientan, en 1921, su política frente a la Rusia soviética. Poco después -1923-, los acuerdos con los Gobiernos de Sofía y Budapest devuelven al país una relativa tranquilidad en el aspecto político exterior. Desde el otoño de 1922, Cornelio Codreanu estudia en Jena economía política, con la ayuda económica de sus camaradas. Pero aquella semilla sembrada a voleo de sementera ha prendido en la tierra y el movimiento nacionalista cristiano se afirma con valentía en la conciencia nacional. Junto con los grupos universitarios actúan figuras destacadas de la intelectualidad rumana, que, sin restar aquella belleza lírica sustancial al movimiento juvenil, le presta, sin embargo, una mayor fuerza política. Circunstancias extraordinarias exigen la presencia de Codreanu. Y en el invierno de 1923, de regreso en la patria, prepara rápidamente la formación de un fuerte partido político nacionalista que hiciera prevalecer sus postulados en la vida pública del Estado rumano. Y el 4 de marzo de 1923 nace en Iassy la «Liga de la Defensa Nacional Cristiana», bajo la presidencia del doctrinario antisemita A. C. Cuza. Cornelio Codreanu se ocupará en adelante de la inmediata dirección del movimiento. La influencia judía en la política de la nación acusa el peligro, y el Gobierno liberal modifica sustancialmente el artículo 7º de la Constitución vigente: otorgando a los judíos los mismos derechos que al ciudadano rumano. La juventud nacionalista y la L. D. N. C. -Liga de la Defensa Nacional Cristiana- reaccionan con violencia frente a la farsa demócrata-liberal. Codreanu es detenido por agitador y condenado a siete días de prisión. La represión gubernamental y el ambiente caldeado y hostil presta mayor incremento en las filas del movimiento nacionalista. El Gobierno se declara beligerante prohibiendo la celebración del Congreso estudiantil, señalada para el mes de agosto en la ciudad Iassy la fuerza armada cierra el paso de estudiantes a la Universidad. Y Cornelio Codreanu impone, otra vez, el sentido de su milicia. Sin tregua al desaliento ni a la dificultad, el Congreso universitario se abre a la dura intemperie En los bosques próximos y en las casas de la ciudad y finalmente en las aulas de la misma Universidad de Iassy: gloria difícil de una rebeldía nacional y mística religiosa, bajo el cielo de Rumania. La policía vigila estrechamente al joven caudillo que dirige, incansable, la múltiple actividad de la L. D. N. C. Aquella vibrante manifestación universitaria determina una más violenta represión del Gobierno. Cornelio Codreanu, Ionel Mota y cuatro camaradas son llevados a la cárcel «Vacaresti», de Bucarest. Acusados de complot centra la seguridad del Estado, comparecen ante un tribunal. El proceso adquiere gran resonancia y, en virtud de sentencia favorable, fueron puestos en libertad. Durante el proceso de Bucarest, el prefecto de Policía de Iassy, Manci, desata una persecución inhumana y sangrienta para destruir el Movimiento nacionalista. El espíritu de Codreanu y sus camaradas encarcelados mantiene inquebrantable la fuerza y unidad de su movimiento. Un numeroso grupo de intelectuales condena ante el Gobierno la actuación ilegal de Manciu. Este fuerza su tiranía, al amparo del poder constituido, que premia oficialmente sus vilezas y desmanes. Codreanu y sus camaradas se han mantenido siempre dentro de la más estricta legalidad, pero aquel Gobierno demócrata no lo entiende así. El 25 de octubre de 1924 se celebra el juicio de un grupo numeroso de nacionalistas, víctimas de Manciu. Desde el primer momento la incalificable actitud del prefecto de Policía de Iassy acusa un afán superior al presionar el ánimo del tribunal. Un incidente surgido entre Manciu y los defensores pone en pie a Codreanu, y en aquel momento hace justicia, implacable y serena, a la juventud nacionalista, perseguida y atormentada. Frente a la injusticia con ribetes de infamia y legalidad, la dialéctica viril y nueva. El Gobierno rumano, interesado en la condena de los acusados, traslada la vista del proceso a Focsani y más tarde a Turno-Severin. El 20 de mayo de 1925, y en esta misma ciudad, comparece de nuevo en juicio el joven caudillo de la juventud rumana. La expectación es enorme. De todos los rincones de la patria acuden camaradas con la tremenda inquietud del final. Cornelio Codreanu terminó su defensa con estas palabras: «He luchado con amor por mi pueblo y me comprometo a continuar esta lucha hasta el fin. ES MI ULTIMA PALABRA». Así definía ante su pueblo la trayectoria inquebrantable y serena, de su vida joven, ofrecida sin regateos a la mayor grandeza de su patria. Sentido claro y exacto de lucha y de milicia. De labor y tarea difícil. De servicio y sacrificio por el destino irrenunciable.

IV – La Legión Arcángel

Después de diez días de intensos debates, Cornelio Codreanu es absuelto en el proceso juzgado en Turno-Severin. El joven caudillo rumano retorna a Iassy. Las gentes, agolpadas a lo largo del camino triunfal, le tributan el homenaje sincero y entusiasta de su adhesión al movimiento nacionalista. Su figura política adquiere contorno y amplitud nacional. Un año antes, durante su estancia en la alfarería de Ungheni, Codreanu conoce a la señorita Elena Ilincu, estudiante también. El 14 de junio de 1925 se une en matrimonio a su prometida. Noventa mil jóvenes nacionalistas asisten a la ceremonia, celebrada en Focsani. Poco después marcha a Grenoble, en cuya Universidad sigue durante dos años los estudios del doctorado. Sin ayuda económica alguna, alterna su preparación doctoral con el trabajo diario para atender a sus necesidades. Intrigas y desacuerdos surgidos en el seno de la L. D. N. C. exigen, otra vez, su presencia. Y antes de presentar su tesis para el doctorado, regresa a la patria. Desligado de su compromiso anterior con el profesor Cuza, reúne al pequeño grupo de los «Vacaresteni», sus camaradas en la prisión de Bucarest, y organiza rápidamente un nuevo partido político, más audaz y homogéneo, que llevará la bandera del nacionalismo rumano hasta la victoria final. A ellos está reservada la gloria difícil. Así nació, el 24 de julio de 1927, la «Legión del Arcángel San Miguel», bajo el signo militar de Cornelio Zelea Codreanu, capitán de Rumania. Un nuevo sentido de milicia y disciplina informará en adelante las filas del movimiento legionario. De la escuela de mandos creada por Codreanu salen los primeros camaradas que llevarán al pueblo el espíritu nuevo y combativo de la Revolución. La propaganda legionaria ahonda en el alma del pueblo rumano. La sacudida es vigorosa. Y la nueva fe se extiende, ligada al afán superior de una nueva vida: crece el movimiento iniciado por el Capitán.

V- La Guardia de Hierro

La Guardia de Hierro El Domingo de Ramos de 1930 surge la Guardia de Hierro. Vanguardia extrema en la lucha diaria y sangrienta contra el comunismo. El Gobierno pretende, inútilmente, detener aquel torrente de fuerza política, exaltada y ardiente, que amenaza desbordar el falso tinglado de un orden viejo y decadente. Y la marcha demostrativa, proyectada por Codreanu en la región de Besarabia, queda suspendida. A la impotencia rencorosa y estéril de los enemigos opone el Capitán el centelleo de su manifiesto al país: «Rumanos: Una Rumania nueva no puede salir de los antros de los partidos políticos. Así como la gran Rumania no salió de los cálculos político-demócratas, sino de los campos de Marasesti y del fondo de los valles, batidos por el granizo de la metralla, la nuestra surgirá de la lucha. Por esto no me dirijo a los politicastros, sino a vosotros, soldados. ¡Levántate! La Historia te llama de nuevo. En el momento en que los enemigos nos invaden y los dirigentes nos venden, rumanos, gritad febrilmente, como en los senderos de los montes en las horas de tormenta: ¡Patria, Patria, Patria …! » El Gobierno condena el manifiesto y Codreanu es citado de nuevo a juicio. Sale absuelto. En el mes de diciembre de 1930, Codreanu, que ha vuelto a Bucarest, crea el «Senado de la Legión». Es el momento oportuno de fijar al movimiento legionario los puntos programáticos fundamentales:

I. La Legión del Arcángel San Miguel, que tiene como sección política militante la Guardia de Hierro, es una organización nacional y monárquica, en conformidad con la tradición del pueblo rumano.

II. Luchará por la conservación indisminuíble de la situación conseguida por Rumania en la Gran Guerra.

III. Afirma el derecho de primacía y supremacía del elemento rumano en el país y en nuestra tierra, y el principio de que el pueblo rumano es sólo el llamado a dirigir el destino de la patria, siendo el único responsable ante la Historia. No basta descartar el prejuicio de influencias políticas extranjeras en la afirmación serena y escueta de su programa. Y el Capitán redobla su esfuerzo combativo contra las campañas, enconadas y virulentas, de la prensa judía y de la coalición política. Más que un cuerpo de doctrina, los tres puntos básicos del movimiento legionario parecen airón de lucha, surco abierto en la tierra y temblor inquieto por el «ser o no ser» de la patria. La dificultad centra, otra vez, sus tiros sobre el corazón y la cabeza del movimiento legionario. En el mes de enero de 1931, el Gobierno nacional campesino disuelve, por primera vez, la Legión del Arcángel y la Guardia de Hierro. Codreanu y un grupo numeroso de dirigentes son encarcelados. En el proceso confirma el Capitán su decisión inquebrantable: «Somos rumanos ligados a la tierra ancestral; tenemos que prepararnos para afrontar la agresión de los enemigos que nos amenazan. El triunfo de la justicia permite a Codreanu reconstruir sus filas, un poco dispersas, y preparar su lucha a la vista de las primeras elecciones. El momento se presenta con la tremenda responsabilidad de un posible casi cierto: la influencia directa en el rumbo de la política nacional.

VI- El Espíritu Legionario.

Tarea Educativa

Al concebir Codreanu su nueva organización política, de juventudes obreras y universitarias, una primera preocupación moral y educativa concreta en principio el espíritu sustancial del movimiento. Solamente así podrá iniciarse la magna cruzada de purificación del pueblo rumano, con esperanza cierta de la resurrección moral de la estirpe. Codreanu sitúa su primer postulado moral en la máxima voluntad de sacrificio personal de sus camaradas, alentados siempre por un afán espiritual y superior de bondad. Vocación clara y exacta de milicia por el mejor servicio, asentada en la severidad, aspereza y acritud consigo mismos. De esta profunda concepción moral y castrense surge un principio de nueva vida para las gentes, una verdadera ley moral de la nación y la imperiosa necesidad de educar a la juventud en la fe divina y en un espíritu heroico.

EL LEGIONARIO RUMANO

La Legión, por tanto, no es un partido político más que lucha por el poder, sino un profundo movimiento espiritual, destacado de la mentalidad materialista dominante, y en el cual predominan la potencia absoluta del espíritu y de los valores morales. Con la Legión, Codreanu funda «una escuela y una milicia», cuya piedra angular es el hombre, encuadrado en una vida mejor de perfección moral. «Lo más bello que nuestra inteligencia pueda concebir en el sentido espiritual; cuanto nuestra patria pueda ofrecer como exponente supremo de acometividad y elevadas miras; de justicia y valor, de pureza y sabiduría, de laboriosidad y heroísmo, todo esto debe informar la vida legionaria. Que surja el hombre en el que vivan y alienten en grado superior todas las posibilidades de grandeza depositadas por Dios en la sangre de nuestra estirpe.» Así define Codreanu, en su libro «La Guardia de Hierro, al hombre nuevo: al legionario rumano».

EN LA CASA DE LOS ESTUDIANTES

En Iassy, «ciudad del movimiento legionario», se reúnen por primera vez los nuevos militantes de la Legión. En la «Casa de los estudiantes», levantada por iniciativa y propio esfuerzo de Cornelio Codreanu. Allí juran, sobre la tierra sagrada traída de la tumba de Miguel el Bravo, forjador, en el año 1600, de la primera unidad política y racial rumana, sofocar todo egoísmo y vana ambición, vivir en santa pobreza y luchar sólo por el ideal de la estirpe. Codreanu será desde aquel día el heraldo y voz que señale los destinos de su pueblo, ligado firmemente al espíritu milenario de Roma y creador, con el trabajo y la sangre, de un futuro que desafiará a la Historia.

RELIGIÓN Y MONARQUÍA

He aquí cómo define Codreanu el espíritu religioso y monárquico de su movimiento: «La Legión está basada en el orden y en la disciplina, puestos a contribución del más puro nacionalismo rumano. 44 La Legión quiere despertar a la lucha todas las energías creadoras de la estirpe, en la defensa de los altares de la Iglesia, que los enemigos quieren destruir. La Legión se inclina ante las cruces de los héroes y de los mártires de la patria. La Legión es como un poderoso escudo que defiende al Trono, en el que Príncipes y Reyes se han sacrificado por la exaltación de la patria. La Legión quiere construir, con un alma y unos brazos vigorosos y fuertes, una nueva Rumania.»

ORGANIZACIÓN INTERNA

Interesante y original es la organización interna de la Legión. La educación y la vida legionaria están basadas en el «Cuib» (nido), núcleo inicial. Un cierto número de «cuib» constituyen una legión, y no los miembros, como en los partidos políticos. El nido es un grupo de 3 a 13 hombres o mujeres y tiene como jerarquías un jefe, un corresponsal, un cajero y un correo, que mantienen el contacto con los jefes de los nidos de la misma «familia» y con los de la provincia. Los nidos se agrupan en «familias» y éstas en «guarniciones»; de manera que existe una perfecta continuidad jerárquica desde el miembro del nido, el legionario, el instructor, el vice-comandante, él comandante legionario, el comandante de la «Buna Vestire» (Buena Nueva) hasta el jefe de la Legión. Existen nidos para los jóvenes desde los catorce a los veinte años, «Hermanos de Cruz», y también nidos femeninos, «Ciudadelas». El jefe de nido es elegido, una vez constituido éste, entre los elementos cuyas virtudes morales, firmeza de carácter y espíritu de justicia destaquen en más alto grado. El nido es, por tanto, escuela educativa de sus miembros: disciplina, trabajo, concepto del honor, silencio y hermandad, son puntos que jalonan esta primera etapa de formación, en la que no puede faltar el canto, «bella manifestación de pureza interior», y la marcha, «símbolo de la acción y de la conquista legionaria». La inscripción en el nido no presta en el acto categoría de militante legionario. Y únicamente se obtiene después de haber realizado las pruebas del sufrimiento, del valor y de la fe, definidas por Codreanu: «El Monte del Sufrimiento», el «Bosque de las Fíeras» y «La Laguna de la Desesperación». Solamente así, contrastadas y aquilatadas las cualidades morales de cada uno de sus miembros, el nido puede trasformarse fácilmente de unidad de trabajo en unidad de lucha. Para la renovación del hombre, Codreanu consideró siempre el trabajo como principio fundamental. De aquí arranca la creación de innumerables campamentos de trabajo legionario, en los que miles de intelectuales y estudiantes se dedican, con alegría y silencio, a toda clase de trabajos del campo y de utilidad pública, sin otra recompensa que la satisfacción de un deber cumplido. Bella es esta fusión del campo y la Universidad, que presta a la vida un nuevo sentido de verdadera nobleza.

EN LA TARDE DEL SÁBADO

Profundamente sugestiva y de hondo sentido místico y religioso es la reunión semanal del nido en la tarde del sábado. «El nido es una iglesia», escribe Codreanu. Al entrar en él te despojas de las cosas vanas para dedicar por entero tus puros pensamientos a la patria. La hora de reunión del nido es la hora de la patria también. La armonía más perfecta debe resultar, no sólo de la camaradería de los que se han reunido, sino, especialmente, de la comunidad de sus ideales.» A la palabra «Camaradas» todos se ponen firmes y vueltos a Oriente, levantan el brazo derecho al cielo y repiten la siguiente fórmula-invocación, enunciada por el jefe del nido: «Elevemos nuestras plegarias a Dios. Levantemos nuestros pensamientos al Capitán, a las almas de los héroes Motza, Marín, Steriev Ciumetti y a las de todos nuestros camaradas caídos por la Legión o muertos por la fe legionaria. Creemos en la resurrección de Rumania, en el hundimiento de la muralla de odio y vileza que la aprisiona y ahoga. Juro que no traicionaré jamás la Legión». Terminada esta noble expresión de los lazos con la tierra, con los caídos y con el cielo, se cantan a coro cantos legionarios, ya que «quien va a robar -escribe Codreanu- no canta, ni tampoco quienes van a cometer injusticia o tienen el alma agitada por malas pasiones y falta de fe». Termina la reunión semanal del sábado con la discusión de los problemas de tarea más urgentes fijando la orientación a seguir por cada uno de los miembros, que, antes de partir, renuevan su juramento de no traicionar al movimiento. El nido, así constituido, se convierte en lugar de consuelo espiritual, de participación de alegrías y de alta afirmación de fe en la vida eterna de la estirpe. El saludo de la Nueva Rumania: «¡Viva la Legión y el Capitán!», con el brazo que, después de llevado al corazón, se extiende y levanta al cielo, no es sólo saludo, sino juramento de firmeza y sinceridad.

HERMANDAD LEGIONARIA

El movimiento legionario es principalmente hermandad entre camaradas. «Donde no hay amor -advierte Codreanu – no puede haber vida legionaria., El amor concreta la armonía de dos principios fundamentales: autoridad y libertad. El amor excluye igualmente toda posibilidad de tiranía y de conflictos internos, sin eludir la obligación de orden, trabajo y disciplina. Sólo el amor puede prestar alas de victoria a la voluntad de todos. Para vencer es preciso que cada uno haga suyo un solo parecer: el del jefe.» SACRIFICIO Militar en la Legión significa, ante todo, SERVICIO y SACRIFICIO. Nadie puede esperar ni ventajas materiales ni medro personal. Sin embargo, diariamente, desde el principio, nutren sus filas falanges de juventud abierta al sacrificio, Encuadradas en una vida de milicia y austeridad, de pureza espiritual y fe religiosa: en Dios y en la estirpe rumana, trabajan y luchan sin ambición de recompensa, en la espera gozosa de una vida mejor para su Pueblo.

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