Eugenesia (1939)

Por el Doctor Hans Betzhold
LA EUGENESIA CUIDA LA VIDA

Ediciones Boca del Lobo sabe la importancia que los grandes autores nacionales tuvieron en épocas anteriores para fundamentar las bases de lo que hoy denominamos Movimiento NacionalSocialista Chileno.

Sabemos también que no existen registros de un personaje tan importante como lo fue el Doctor Hans Betzhold por lo que sólo hemos adjuntado una imagen sacada de la web de un libro que revolucionó el campo de la medicina , psicología y política de la época

A continuación dejamos un extracto de su obra, Eugenesia, en Chile prohibida explicitamente por la comunidad judía para desprestigiar esta magnífica obra reconocida en varios países de América del Sur.

Eugenesia:

El nombre de Eugenesia viene del griego, y se compone de dos
palabras: «eu», que significa «bueno», y «genesia» derivada de
«genos», engendrar, y por lo tanto expresa «buen engendramiento».
Vida es lucha. Lucha contra todo, lucha contra fuerzas orgánicas,
contra las inorgánicas, lucha por un espacio, lucha por la vida. Lucha
constante es la ley grande y única de la naturaleza. La naturaleza ha
existido y podría existir sin nuestra especie.
El hombre, en cambio, no podría existir sin el concurso de la
naturaleza. El se sirve de ella, pero va su actividad, sea cual fuere su
índole, vigilada por las leyes de la naturaleza y todavía no ha logrado un
triunfo, por efímero que sea, ninguna actividad que haya tratado
despreciarlas. Las victorias memorables que ha obtenido el hombre
sobre la naturaleza han surgido siempre cuando fueron respetuosas con
sus leyes. Todos los inventos tienen aquí una explicación; no conocemos
ninguno sobrenatural. Si aún son muchos los que guardan el hallazgo
genial que los lance al escenario donde se mueve el hombre, es bien
probable, pero todos vendrán cimentados sobre leyes ya dadas,
inamovibles, naturales.
Se desprende de lo antedicho que a veces el hombre somete a la
naturaleza, pero ella toma su desquite. La vemos tomar su desquite y
tenemos que dejarla que lo tome: ella no es vencible sino a medias,
porque está instalada desde millones de años en las escondidas
honduras de todas las vidas; con un oculto vigor inagotable ella hace
pesar su ascendiente ancestral. Nos entrega marcados, marcados has ta
el detalle más ínfimo. Nos entrega llenos de predisposiciones somáticas
y psíquicas. Sólo muy de tarde en tarde a uno que otro le es posible
inscribir una cualidad adquirida en el plasma germinal. En realidad, el
hombre es al parecer más dueño de la naturaleza externa que de sí
mismo. Esta verdad ha mantenido su pedestal. Conformándose con ella,
el hombre ha dirigido sus intenciones a conocer el grupo de leyes que la
han formado, les ha reservado un espacio grande en el sitio en que en
su mentalidad guarda la experiencia, y las ha rotulado con una denominación feliz: Eugenesia.

El conocimiento de las leyes de la vida confirió al hombre un empuje
inaudito para tentar influenciarlas. Son tantísimos los intentos vanos en
ese sentido. Así, desde siglos observa aterrado el hombre la enfermedad
más común y más implacable: la vejez. Ve que se hereda siempre.
Generaciones de generaciones han agotado recursos e intenciones para
evitarla, otros para ahuyentarla. Muy poco han obtenido los últimos,
nada los primeros. La esterilidad de estos intentos ha llevado a la
resignación derivada de aquella a encauzar su iniciativa en un plano más
real: el conservar y entregar la vida en las mejores condiciones posibles.
Es este el marco actual de la Eugenesia.
La Eugenesia es la ciencia que reúne todas las leyes que se
proponen como fin bien determinado

, el mejoramiento de la raza
humana. Recurre para ello a todos los medios que permitan una
selección de los mejores caracteres hereditarios, sean éstos físicos o
psíquicos.
Si propone medios destinados a conservar caracteres
sobresalientes, ya sean físicos o psíquicos, hablamos de eugenesia
positiva, y hablamos de eugenesia negativa cuando la vemos interesarse
por eliminar caracteres o disposiciones morbosas o lisiadas.
En los tiempos de Galton, el problema de salvar a la raza humana
de una degeneración creciente pudo tomar los aspectos de la obra de un
utopista. El problema no era agudo; era algo para tiempos venideros. El
círculo interesado y convencido de las ideas eugenésicas era por demás
estrecho, el auditorio indiferente. Las posibilidades de vida eran
enormes, las complicaciones casi nulas. Sólo vino a disgregarse esa
atmósfera de penumbra e indiferencia a poco de la Gran Guerra; fué
ésta, por sus resultados disgénicos, la que presentó súbitamente a los
diferentes Gobiernos el problema en toda su crudeza.
Vino el reajuste después de la Gran Guerra, el rubro del Debe se
agigantó en forma no vista y los encargados del balance señalaron en
forma raramente uniforme la magnitud de sus consecuencias. Con esa
alarma brotaron tantas investigaciones: las hubo con conclusiones
desesperadas y las hubo menos pesimistas, pero lo que obtuvieron esas
observaciones fue que la Eugenesia adquiriera una importancia única.
Una advertencia seria lanza un pensador como KEYSERLING: «La hora
actual del mundo, es la hora de la Eugenesia».

En realidad una guerra es siempre nefasta para la Eugenesia. Mueren en
ellas los más valientes, los más hombres; se conservan, por cientos, los
más débiles, los «menos hombres>. A los primeros se les entierra en
fosas comunes por montones; son los segundos los que quedan, los que

se reproducen.
No podía pasar desapercibido para los investigadores el resultado
desastroso que traería para la comunidad, la sociedad, ese porcentaje
evidentemente más alto de lisiados y débiles destinados a reproducirse,
con respecto a los elementos robustos y escogidos que habían
disminuido tan apreciablemente.
Es de mucho interés considerar más de cerca la situación y resultados
que crea la guerra a la Eugenesia.
Cuando en tiempos antiguos el hombre vivía en pequeños «clanes» o
tribus, era una necesidad natural la guerra constante entre ellos y así
podía el grupo más fuerte adueñarse de las praderas más fértiles, de los
parajes más ricos en caza. Los miembros de estas tribus disponían
entonces de un medio ambiente más favorable para sus componentes y
sus crías. Crecían y se desarrollaban éstas en las mejores condiciones.
Las tribus desplazadas quedaban en comarcas más pobres, caían, por lo
tanto, en períodos de pésimo medio ambiente con peor posibilidad de
alimentarse, sus componentes venían a menos y muchas se extinguían.
Un ejemplo de este rechazo sistemático de los débiles por los
fuertes lo observamos hoy día en las razas de negros pigmeos del
África, quienes, hoy ya cerca de la extinción completa, se conforman con
vivir agrupados en pequeñas colonias, sólo en las copas de los árboles
de algunas regiones pantanosas.

Era aquella la época gloriosa para la Eugenesia. El mecanismo de
una selección natural era perfecto; sus resultados siempre parejos, no
desmerecieron nunca.
Pero para aquellas tribus más fuertes que lograban adueñarse, por
la calidad de sus hombres, de las mejores regiones, aparecía pronto la
necesidad de arreglar su reglamentación de vida entre ellos en tal forma
que no se produjeran disensiones o dificultades que pudieran
segregarlos en grupos menores, por lo tanto más débiles, pues se
exponían así a ser eliminados por otros grupos guerreros. Nacía
entonces, como una consecuencia de las guerras constantes, la
necesidad de permanecer unidos. En otras palabras, las guerras los
obligaban a crear disposiciones sociales y de éstas la más notoria fue la
de la ayuda mutua. La guerra exige el cultivo de disposiciones sociales.
Si bien es cierto que en el sentido de la Eugenesia esas formas de
vida y lucha significaban una selección natural, feliz y segura, que
conservaba a los más fuertes, debemos anotar, como lo señala con

acierto LENZ en su magnífica obra «Grundriss der mensrchlichen
Erblichkeitdehre und Rassenhygiene», que, habiendo constituido el
hombre conglomerados mayores, eran también mayores las empresas
guerreras, pero que, casi todos los triunfos de las armas redundaban en
«desastres biológicos», pues el vencedor, al adueñarse de nuevas
tierras, adquiría también, con el botín, nuevos elementos sociales:
prisioneros hombres y mujeres. Con éstos, subyugados o esclavos, eran
después inevitables las mezclas. La raza primitiva comenzaba a diluirse;
aparecían mutaciones sensibles en las nuevas generaciones. Comenzaba
el «desastre biológico».
Las guerras de los antiguos griegos significaban pérdidas apreciables
justamente de los mejores elementos y así a sus grandes conquistas
siguieron grandes mezclas y de ahí, como consecuencia propia, el
desaparecimiento paulatino de la gran raza. Se reproducían los que no
iban a la lucha y además se mezclaban con los elementos de los nuevos
pueblos sometidos. Algo similar aconteció a Roma. En todos aquellos
pueblos donde una casta privilegiada dominaba sobre una de esclavos,
fueron soportados los sacrificios de sangre justamente por la casta de
privilegiados o aristócratas, la casta que aparecía como depositaria de
las cualidades culturales más altas, más perfectas. Mermaban entonces
las guerras las filas de esos privilegiados; con ello aumentaban las
posibilidades para la reproducción de esclavos o elementos inferiores,
los que personificaban el atraso cultural y la menor valía física.
Ya en la Edad Media disminuía el influjo negativo de la guerra con
respecto a la Eugenesia. Las guerras se llevaban a efecto en aquel
tiempo con soldados «alquilados», los condottieri, individuos
aventureros venidos de todas partes, todos ejemplares desvalorizados
biológicamente, que no conocían arraigo ni aspiración alguna que no
fuera la moneda para tener como divertirse. Las pérdidas en vidas de
estos elementos no significaban daño apreciable en el sentido
eugenésico, tanto más cuanto que los elementos más seleccionados,
terratenientes o ricos comerciantes participaban en las luchas sólo en
forma secundaria. Se explica así por qué la guerra de Treinta Años no
trajo el cortejo de desastres que era lógico suponerle, y los tuvo mucho
menos que la primera Gran Guerra con su duración tan apreciablemente
menor. Avanzando los años, se ensombrece más la situación.
El problema de la selección toma un aspecto de terror contra la
eficiencia y pureza de la raza, al implantarse el servicio militar
a raíz de la Revolución Francesa, con «levée en masse». Según
TAINE, cayeron en las luchas de la Revolución Francesa alrededor de
800.000 hombres y en las guerras napoleónicas siguientes, 1.700.00
franceses.

Estas pérdidas sobrepasan comparativamente las que tuvo Francia
en la última Gran Guerra, si se tiene presente el censo de Francia en
aquella época. Según LENZ, sufrió Francia en aquella época un daño
racial tal que no ha logrado corregir jamás.
Otro ejemplo, algo más cercano para nosotros, con respecto al
desastre que significa la acción eugenésica negativa de una guerra, lo
vemos en la lucha de cinco años del Paraguay, contra Brasil, Uruguay y
Argentina (1864-69) al comprobarse después de ella que sólo quedaban
28.000 hombres para 106.000 mujeres en el Paraguay (9).
Mientras más avanzamos en la Historia hacia nuestros días, vemos
que el efecto de las guerras es cada vez más tremendo con respecto a la
Eugenesia. Llegamos así a la época en que para el servicio militar
obligatorio sólo se aceptan ciertos individuos, escogidos, quienes reúnen
preciosas condiciones de salud y vigor. Siendo éstos los únicos que se
aceptan en los ejércitos, es fácil prever los resultados que tendrá
aquello para una Eugenesia real.
Fácil resulta comprender que en un grado máximo son desastrosas
las consecuencias de una guerra civil, donde son siempre los mejor
dotados los que son ultimados en gran escala.
El marcado exceso de mujeres en el período de la postguerra y el
manifiesto empobrecimiento de los países, en cuanto a hombres, llevó a
autores conocidos de la época, a propiciar un arreglo social nuevo: la
bigamia autorizada por el Estado. Se pretendía enmendar la legislación
en tal forma que le fuera permitido a los soldados que volvían de la
guerra, tener más de una mujer. Así, MARCEL PREVOST, según el
artículo «La mujer después de la guerra», aparecido el 11 de Julio de
1916 en Muenchener Neueste Nachrichten, y, después CHRISTIAN von
EHRENFELS en su artículo «Armamentismo Biológico de la Paz»
(Biologische Friedensruestung) publicado en los Archivos de la Raza XI,
5 de Abril de 1916, aparecen defendiendo la tesis recién mencionada.
Consigno estas opiniones por el valor histórico que tienen, pero
omito, por ahorrar espacio, anotar, aunque fuera en parte, la crítica
acerba y violenta que trajeron como consecuencia. Guiaba a aquellas
opiniones sólo el deseo de aumentar cuantitativamente, y en la forma
más rápida, el capital humano perdido durante la guerra. El fin que se
perseguía no consiguió partidarios, ni con el método propuesto.

Se ensombrecía el porvenir de la comunidad, por deterioro de sus
elementos, sus componentes, los individuos. Este daño trata de
corregirlo la Eugenesia. «En nuestro mundo no existe más que una
realidad única y autónoma: el individuo. La sociedad, que tantas veces
se opone a él, no tiene existencia verídica de por sí. No es otra cosa que
una abstracción que expresa el hecho que resulta de la asociación de
individuos. Y si queremos mejorar la sociedad debemos plantear el
problema en las unidades que la componen: los individuos.
Se insiste entonces en dar a la Eugenesia su punto de partida
científico, biológico: se la deja actuar sobre el individuo. Clasifica los
ejemplares, señala lo viciado, lo no recomendable para reproducirse.
Repite, en el hombre, con sobrada lógica, lo que ya conocía el cultivador
en sus plantas y sus animales. Aparta lo bueno, deja que se destruya lo
malo sin dejar recuerdos. Se cambia el modus vivendi, se va a una
selección arbitraria, a una selección dirigida, se abandona lo que hasta
entonces regía, que era la consecuencia de algo que podríamos llamar
como «selección social». Esta no tiene una estructuración especial ni
definida; su gira alrededor de motivos pecuniarios. Careciendo ella
totalmente de una directiva científica, no podía aspirar a lograr
resultados recomendables.
Esa selección «social» ha estado entregada a la ignorancia y a la
casualidad.
La Eugenesia va a una selección artificial, manteniendo una
relación justificada con nuestra actual civilización.
Esta ha cambiado la lucha por la vida: hoy día no es siempre el
más fuerte el que triunfa, el que subsiste. Ya no lucha el hombre con
sus armas sencillas: el mazo y la lanza; ya no lucha el hombre como
otrora por la conquista de su hembra, recurre si es que uno que otro
tiene que hacerlo hoy día, para ello a la pluma o al libreto de cheques.
No necesita confiarse en sus músculos y sus sentidos como antaño: una
legislación detallada le garantiza una existencia, una vida apacible. De
ahí que haya perdido sus cualidades intrínsecas de entonces.
Aquella forma de lucha desapareció; la actual es benévola con
todos: en los tiempos antiguos el criminal era rápidamente ejecutado, el
niño débil moría poco tiempo después de nacer, falto de atención
médica adecuada. El loco era tratado con tal id en violencia pueblos
civilizados de ahora. Aquello era Eutanasia. Su trabajo era el «homicidio
piadoso».
Era aquella la Eutanasia de Platón, quien en el diálogo La República,
decía: «La ciudad debe estar constituida por hombres sanos física y

moralmente. El médico ocuparse exclusivamente de éstos, y se
procurará eliminar a demás en beneficio de la sociedad».
Al espíritu de ese pensamiento platónico se refiere, si duda,
CICERON al decir que «no hay nada tan absurdo que no haya sido dicho
por algún filósofo».
La civilización ha hecho desaparecer aquella eutanasia, no costó gran
esfuerzo; pero, ella no ha muerto del todo: se ha modificado, si, talvez
es menos cruel, pero hace aún en nuestros días sus intentos de
reclamar la atención. Ya no es la de Napoleón, el Gran Corso que
ordenaba que todo herido grave fuera muerto, ni la Eutanasia ciega de
BACON, que la recomendaba, fundándose en su positivismo, con las
siguientes palabras: «El deber del médico es mitigar el dolor, aunque
tenga que recurrir al recurso de enviar al enfermo a la vida eterna».
La Eutanasia nueva que ha intentado surgir de las ruinas de su
antecesora tiene al parecer su cuna en Inglaterra. Allí ha mostrado sus
asomadas más serias. Viene cambiada, fundamentalmente. Casi no se la
conoce. Exige una premisa: se debe pensar en ella sólo cuando ya la
ciencia médica no reconoce más recurso. Así vemos que por una
considerable mayoría, 35 votos contra 14, fue rechazado en la Cámara
de los Lores, un proyecto que patrocinó el extinto Lord MOYNIHAN,
famoso cirujano, para que, bajo ciertas condiciones, fuese permitido
abreviar los padecimientos de los que sufren una enfermedad mortal o
incurable. Lord Moynihan, que escribió varios libros sobre temas
quirúrgicos, se formó una gran reputación como profesor de la
Universidad de Leeds. No obstante tan ilustre padrinazgo, la Cámara de
los Lores fué francamente desfavorable al proyecto. Además de la
oposición de la Iglesia Anglicana, representada por el Arzobispo de
Canterbury, encontró fuerte oposición universitaria, representada por
los médicos en Lord DAWSON OF PENN y THOMAS JEEVES HORDER.
De la literatura moderna se desprende que es sólo cuestión de
tiempo para que esta Eutanasia nueva obtenga un manto legal en
Inglaterra: el número de sus defensores es ya demasiado grande.
La nueva eutanasia mencionada toma en realidad todo el tinte de
una eugenesia negativa, especializada, desea que su trabajo se llame
ahora «muerte piadosa».
La otra Eugenesia, la positiva, es la que crece a pasos
agigantados. Aquélla eliminaba los efectos, no tocaba las causas. Se le
ha comparado, en su papel, al del cultivador. Es una comparación feliz.
Deja el cultivador sólo lo sano, lo digno de perpetuarse; mata lo dañado.
Pero este papel ha de ser distinto al del cultivador según la idea de
DEAN INGE, quien en su pensamiento trae un dejo fuerte de eutanasia:

.
El criterio eugenésico que ha de guiar al cultivador humano se ha
de formar del conjunto de reglas de aplicación de las leyes biológicas,
que han de llevar al perfeccionamiento de la raza humana. Es la ciencia
del buen nacer.
Y puede recorrer dos caminos: el primero es el de la eugenesia
positiva, que lo lleva a fomentar uniones sexuales óptimas, sumando
para ello todos los elementos que aseguren una procreación robusta,
ejemplar, física y psíquicamente; es decir, organiza los Consultorios
Públicos de Salud Hereditaria; y el segundo camino es el que extrema
las medidas tendientes a impedir la reproducción de elementos
negativos, dallados ya parcial o totalmente, es decir, echa mano de las
leyes de esterilización, de los consejos neo-maltusianos, de los estudios
de OGINO SCHMULDERS.
Tomando ambos caminos asegura mejor el éxito. Es seguramente
en este segundo camino donde puede flaquear, pues propone en él
medios de violencia, cargados de probabilidades que han de depender
de criterios humanos encargados de cumplirlos, expuestos por lo tanto,
en grado seguramente apreciable, a falencias. Tendrá que pedir ayuda a
la ciencia del Derecho para poder estar en la posibilidad de ser siempre
sistemáticamente ecuánime.
Ya no podremos apartarnos de la Eugenesia. Ha fracasado el
simple sistema de asistencia al enfermo: solamente es menester un
cambio radical en la orientación de la defensa de la salud pública; se
requiere una vuelta completa de timón, que la conduzca decididamente
hacia la prevención de las enfermedades de lisiados o físicamente
inservibles. No descuidemos a los enfermos, pero tratemos
preferentemente de proteger a los sanos.
Dinero gastado en prevención ahorra un gasto diez veces superior
en asistencia. El primero es el que rinde los intereses más altos.
Pero es difícil plantear la Eugenesia en forma integral. Sus
primeros grandes obstáculos los constituyen la falta de cultura y las
diferencias dogmáticas. Deben poder orillarse esas dificultades; el
premio que se persigue es honra de todos.
Ese premio sería para nosotros, los médicos, un galardón especial:
cambiaría nuestras vidas, seríamos en adelante guardianes de la salud;
no viviríamos tanto a expensas de la desgracia del prójimo. Tal vez

tendremos que luchar por la implantación de una Eugenesia Integral.
En la justicia de la causa fundaremos nuestra inquebrantable fe
para no cejar.
Es difícil organizar esa lucha; ella es pesada. Va dirigida contra
prejuicios, contra estados de ánimo, contra poderes ocultos enormes.
Otro gran obstáculo constituye la falta de la «igualdad individual»;
pues lo que realmente existe es justamente una «desigualdad
individual». He aquí el obstáculo serio, porque tenemos que reconocer
que no existe una «igualdad individual» desde el momento que la
naturaleza distribuye de una manera tan caprichosamente desigual la
salud, la inteligencia, el genio, es decir, las cualidades básicas que
timbran las personalidades. Nadie es igual al otro; puede sólo, cuando
mucho, aspirar a ser parecido. La mayor frecuencia o ausencia de
aquellas cualidades básicas recién señaladas vienen a timbrar, a marcar
las distintas razas, por ende, a «individualizadas».
De ahí se desprende que en el lema: «Libertad, Igualdad y
Fraternidad», conservamos un error biológico. Pedimos, clamamos
«libertad» justamente para poder señalar y evidenciar nuestra
«desigualdad».
Es la «desigualdad individual» o «desigualdad natural» la que hace
prevalecer situaciones determinadas. Existiendo notoriamente una
mayor cantidad de individuos en los cuales por causas variadas esa
«desigualdad» tiene una tendencia hacia el tipo individuo «inferior», es
explicable observar que se aprecie una indiferencia marcada por un
mejoramiento individual, en el sentido eugenésico. Son ésos unos
terrenos áridos para la siembra de ideas eugenésicas, máxime si ellos,
con menos cultura, tienen necesariamente que disponer de un menor
poder de discernimiento.
Toda intención que no tome en cuenta, para su programa, aquella
«desigualdad», va destinada, irremediablemente, al fracaso.
Es pues, entre la gente de escasos recursos y poca cultura donde
las posibilidades de una difusión, de una comprensión y de una adopción
de las ideas eugenésicas ofrece las más serias dificultades y es
justamente allí donde más urge sembrarlas. Es aquí donde una falta
grosera de instrucción empequeñece y aleja las posibilidades del éxito.
Una instrucción precaria mantiene la directiva de una moralidad
desnaturalizada, que no logra apreciar cuándo debe poner atención a la
voz de la ciencia; pierde entonces la preciosa oportunidad de enmendar

rumbos.
Debemos conferir, a la instrucción que le debemos al pueblo,
como «marca de agua», los conocimientos básicos de la Eugenesia.
Contrasta con el desatino del Marqués de SADE, quien pide una
eutanasia que alcance hasta los huérfanos, el artículo esencialmente
humano y científico de SUÑER, titulado «Los derechos del niño a la
vida», publicado en El Sol, Madrid, el 10 de Abril de 1927, del que copio
el siguiente párrafo: «Antes que suprimir la vida que hemos producido
por nuestro propio albedrío en el niño débil o defectuoso, éste tiene un
derecho anterior a no ser creado».
Un religioso de gran saber, el Padre MARIANA, afirma que es
nuestra la culpa de la naturaleza de nuestros hijos como consecuencia
de una directiva puramente egoísta que nos lleva a pensar más en las
condiciones de hermosura o capital, al elegir la esposa y pide que en la
cuestión de los enlaces intervengan ciudadanos competentes que eviten
los daños de acciones poco meditadas. (De la obra «De rege et regir
institutione, 1598, cita de pág. 34 de Eugenesia y Matrimonio, HARO
GARCÍA).
Un abogado, quien más tarde abrazó la carrera eclesiástica,
PEDRO CHARRON, Predicador de la Reina Margarita de Navarra,
sostenía: «Puesto que los hombres se hacen a la ventura y al azar, no
es de admirarse que tan raras veces se encuentre uno hermoso, bueno,
sano, juicioso y bien hecho. (Charron, «De la sagesse», Haro García,
Pág. 35).
En un Congreso de Beneficencia Católica, celebrado en 1929 en
Barcelona, tuvieron que retirar sus ponencias los pediatras MARTÍNEZ
VARGAS y VELAZCO PAJARES, porque se les quería tachar párrafos en
que hablaban de la necesidad de instituir el matrimonio eugénico y el
certificado prenupcial y aconsejaban el reconocimiento médico de la
embarazada.
Asoma allí otra vez el escollo «crónico» de la Eugenesia, y si esto
ocurre todavía en nuestros días ¿cuáles habrán sido las penurias de
aquellos clarividentes que se atrevieron a «insinuar» o proponer
medidas eugenésicas en la época de la Inquisición?
Con un fin ya más egoísta y con un horizonte ya más estrecho, Federico
II de Prusia efectuaba una selección artificial en un círculo reducido, a
fin de obtener hermosos y grandes ejemplares de hombres para su
guardia imperial.

Con Gengangere, el drama recio de IBSEN, culmina la actividad
eugenésica del siglo diez y nueve, la obra que fue prohibida en Berlín y
que tanto afán costó a su autor hasta verla subir a las tablas.
Conocemos ese drama con el nombre de «Los espectros». Ibsen
sostiene que aquel drama es la relación de hechos verídicos.
«Espectros» presenta con toda crudeza y naturalidad las consecuencias
de un matrimonio, por conveniencias y sumisión, de una mujer joven y
sana, con un hombre rico, pero ya gastado en brazos de la bebida y
otros excesos. Este matrimonio produce un hijo con la inteligencia y
bondad de la madre, pero con el cuerpo enfermo por herencia paterna.
Colocado en la vida, este joven entra en una lucha tan desigual que
surge el drama, exaltado por la presencia de una mujer hermosa y
robusta, pero de carácter brusco y vicioso, que después resulta ser su
hermana carnal, un producto de una aventura amorosa de su padre
alcohólico.
A Ibsen siguen después, en interminable fila, los autores que
explotan el mismo o parecido tema. La materia es en realidad
agradecida para plumas preparadas y el fin que persiguen, lo logran
siempre con facilidad.
Halaga el sentido estético el estilo bello con que vierte su ansia de
eugenesia RAMÓN PEREZ DE AYALA en su Prometeo, de donde copio:
«Estoy de dómine en una provincia española. Vine a Es-pala
creyendo que era el país de las posibilidades. Ahora se me figura el país
de las imposibilidades. Esto por lo que se refiere a mí, porque he
renunciado al éxito y me declaro un hombre frustrado, porque no he
tenido padre o lo he tenido a medias, que la función del padre no es sólo
engendrar. Mi padre me transmitió un elemento del éxito: la fuerza. La
gracia se la debo a mi madre. Lo demás me lo he hecho yo mismo. Creo
que soy un hombre perfecto, como se lo demostrará a Ud. la naturalidad
con que hablo de mi perfección. Esto explica, además, por qué soy un
hombre frustrado: porque para hacerme hombre he necesitado tiempo,
y al llegar a la sazón de perfecta madurez, veo que con ella coincide el
período de declinación de los elementos de éxito. El resultado de mis
viajes y estudios se puede sintetizar en unos breves postulados: la
felicidad está reservada al hombre de acción; pero el hombre de acción
no inventa la acción, la realiza; la acción la concibe el hombre de
pensamiento; luego el hombre de pensamiento debe preceder al hombre
de acción; el hombre de pensamiento comienza por creerse feliz en la
fruición de puro conocer por conocer; hasta que llega al dolor de
conocer que la felicidad reside solamente en la acción; y, por último, de
este dolor asciende al alto goce de conocer que también a él le está

reservada la más noble manera de acción: la de engendrar el hombre de
acción; y este goce se acrecienta cuando el hombre de pensamiento es
conjuntamente frustrado hombre de acción; cuando sabe que él mismo
pudo ser hombre de acción. Dicho con otras palabras: que si bien he
renunciado al éxito personal, ha sido porque aspiro al éxito anónimo de
la paternidad».
«Lo que yo hubiera querido ser, lo será mi hijo. Prometeo, hombre
semidivino, redentor—que ahora más que nunca necesita de él la
humanidad—, sutura viva e intersección del cielo con la tierra. Hé aquí
cómo imagino yo la humanidad. Lo que para nosotros es cielo, mirando
hacia arriba desde la tierra, es del otro lado, suelo, para los dioses que
lo miran hacia abajo y sobre él se pasean. Y la humanidad es a modo de
guirnalda que cuelga de esa techumbre, haciendo grandes y variadas
combas, de un punto a otro, de los varios por donde pende. Pues esos
puntos con que, de largo en largo, la humanidad está unida al cielo, son
los hombres que yo llamo Prometeos. Cuando de uno a otro la distancia
histórica se dilata demasiado, la comba es tan baja, que la humanidad
se hunde en el lodo. Pues bien, suelo con mi Prometeo. Mi espíritu y mi
carne están embebidos en este sentido del futuro y me lo auguran. Dirá
usted que todo esto es porque estoy enamorado y deseo casarme. No,
señor. Aun no conozco la mujer con quien me he de casar. Voy a
buscarla con toda parsimonia y serenidad. Será fuerte, como yo soy
fuerte; será hermosa como yo soy hermoso; será inteligente como yo
soy inteligente. Iré al matrimonio con la conciencia de mi
responsabilidad, con la clara conciencia de ser instrumento providencial
y dilecto del genio de la especie».
En su forma, no en el fondo, sufrirá la Eugenesia algunas
modificaciones según cual sea el partido político que imprima rumbo a
un pueblo.
Teme BERTRAND RUSSEL, que en las repúblicas, la Eugenesia no
pueda surgir en la forma como la ciencia lo espera, es decir, con todo el
cortejo de medidas, ya sean positivas o negativas, y dice al respecto:
«Se tropieza con el estorbo de las democracias. Las ideas de la
Eugenesia se fundan en el supuesto de que los hombres son desiguales,
en tanto que las democracias se fundan en el supuesto de que los
hombres son iguales; por tanto, es muy difícil implantar políticamente
las ideas eugenésicas, en una sociedad democrática, cuando tales ideas
se dirigen, no a sugerir que hay una minoría de «gente inferior», como
los imbéciles o tarados, sino a admitir que hay una minoría de «gente
superior».

Pero debemos reconocer que el único motivo que es capaz de
mantener hoy día, alrededor de una mesa a representantes de todos los
partidos políticos, ya sean éstos monárquicos o comunistas,
conservadores o radicales, es la Eugenesia, y ella los llevaría sólo a una
discusión de la forma de su implantación, ya que en cuanto al fondo, a
su esencia misma, todos están ya de acuerdo antes de discutir.
El resultado sería en todo caso constructivo, de provecho para
todos.
Todo aquello constituye la Eugenesia que apadrina el Estado, la
Eugenesia que forma su directiva, su programa con centros científicos;
pero en la lucha por la vida se observa que ella aflora sola, aunque
bastante desfigurada, demasiado teñida de egoísmo. Muy a menudo lo
hace con una tutela despreciable: son motivos pecuniarios los que
aparecen apadrinando el deseo de tantas mujeres. Nos es fácil recordar
tantos casos. Los que nos dedicamos a la cirugía tenemos ocasión de oír
más frecuentemente peticiones en ese sentido. De cada cinco mujeres
que tienen que operarse, por cualquier motivo, una, por lo menos, pide
se aproveche la ocasión para operarlas a la vez en tal forma que no
tengan
ás familia. La ignorancia es a veces tan grande que piden lo mismo aun
en operaciones muy distantes de sus órganos genitales.
Estrechez económica, las más de las veces; miseria cruda y
pesimismo innato las lleva a esta petición, pues, por lo general, la
instrucción precaria recibida no alcanza a ahogar a aquella tentación, no
es sordina suficiente para todas esas ideas de desesperación. De tiempo
en tiempo encontramos mujeres que fundamentan su petición con
razones serias: «el marido es tan alcohólico, que pierde los sentidos»,
«nos trata tan mal, nos quita el gusto para todo, señor, los niños son
tan tontos todos, ninguno sirve para algo».
Aquello es eugenesia «criolla>, tan simple como honrada. Esos
cerebros de esas mujeres aún disciernen en medio de tanta estrechez y
miseria, y antes de que ésta les ahogue la voluntad, gritan por ayuda:
ven lo que les cuesta alimentar sus crías, ven que aún lo poco se hace
nada; apenas surgen criaturas débiles, no quieren continuar en la
experiencia, quieren evitar ese estado tremendo, piden se les ayude a
no tener más. Ahogan el deseo tan propio, tan natural, tan grande de
tantas: tener tantos hijos.
Ese sentido de responsabilidad oculto, el que asoma en esa
eugenesia criolla, y que indudablemente aparece más diseñado en las
mujeres que en los hombres, es el que debemos vivificar, agrandar,

hipertrofiar, si fuera posible. El remedio específico para este mal es la
instrucción y de esta clase de instrucción nos ocuparemos más adelante.
Que la instrucción es el alma de la verdadera Eugenesia lo
observamos frecuentemente en la vida práctica: familias de albañiles o
panaderos son siempre proliferas en comparación con las de los
profesionales.
El que ha disfrutado de una instrucción más esmerada limita casi
siempre el número de hijos a sus posibilidades económicas, los guía el
deseo de darles las mayores comodidades posibles, garantizarles la
existencia en la forma, según ellos, más holgada, más segura. Los
demás, aquellos en que la ausencia de instrucción caracteriza la
personalidad, tienen un número mucho mayor de hijos, son menos
previsores.
Así trabaja la selección social.
El biólogo DAVENPORT asegura que mil graduados en la
Universidad de Harvard tendrán, al cabo de dos siglos, sólo cincuenta
descendientes, mientras que mil obreros rumanos de los que viven hoy
en Boston, conservando la proporción en que hoy se multiplican,
tendrán, al cabo del mismo tiempo, cien mil descendientes. (SIEGRIED,
«Los Estados Unidos de hoy»).
Contrariando los argumentos de Davenport, aparece J. CONRAD,
quien, sobre la base de extensas estadísticas, en especial por aquellas
llevadas por él mismo, sostiene que no tiene importancia práctica alguna
el hecho de que las clases acomodadas tengan menor número de hijos,
pues esto se corrige ya que en estas clases la mortandad infantil es tan
reducida y entre los trabajadores, que son los que se caracterizan por
familias proliferas, el gran número de hijos es raleado pronto con la
exagerada mortalidad infantil que le es propia.
Es lo que enseña la vida en todas partes, en todos los países. El
pobre, en el cual es frecuente el analfabetismo, no mira hacia el
mañana, es imprevisor por excelencia.
No importa, los hijos le vienen como le han de venir. Se genera
así lo que en nuestros días debemos designar por individuo «inferior
eugenésicamente, pues proceden de fuentes donde los componentes
son «socios» de la miseria, de la ignorancia, todos víctimas de la hipo
alimentación. Estos elementos sólo pueden producir hijos
eugenésicamente poco recomendables o francamente desechables, y los
producen en gran escala. El aumento de ellos va en forma tres veces

más rápida que el de aquéllos que proceden de medios donde la cultura
caracteriza los progenitores. Aquellos numerosos productos viciados
eugenésicamente nacen destinados al fracaso; son todos desesperados
natos.
Prácticamente, se va a la extinción de los individuos
eugenésicamente «superiores» y a la multiplicación intensa de los
eugenésicamente «inferiores».
La civilización paga las costas del proceso.
H. SPENCER en su investigación biológica cree haber establecido que en
la jerarquía d e las especies a cada grado superior de evolución
corresponde un grado inferior de fecundidad. Mantendría entonces un
acuerdo evidente con lo sustentado por Davenport. Cree Spencer que en
la especie humana hay una marcada oposición entre el fenómeno de la
procreación y el que él denomina «individualización», esto es, el
desenvolvimiento de las facultades intelectuales llevado al más alto
grado, y que todo progreso en este mismo sentido se traduce en una
relajación de la generabilidad, experiencia a la que al principio se dio
más importancia biológica y sociológica que económica; pero que
posteriormente
por ARSENIO DUMMOND y PAUL LEROY-BEAULIEU y combinada con las
aseveraciones que en este mismo sentido hizo CAREY, dieron origen a la
teoría sociológica en cuestión.
«La elevación general del nivel intelectual y la vida más
diversificada e intensa del género humano tiene cierta in-fluencia
restrictiva sobre la prolificidad», decía Carey. Y Leroy-Beaulieu,
manifiesta que, «desde el punto de vista filosófico general y fisiológico,
sus doctrinas, según las cuales el hombre a medida que se civiliza
pierde, por diversas razones, su fuerza reproductiva y ve el instinto
sexual combatido y relegado a un plano secundario por otras
consideraciones, otros sentimientos y otros placeres, aparecen como
teniendo una base experimental más firme que la doctrina de Malthus,
que tiene su fundamento en la asimilación de la naturaleza del hombre a
la de animales y plantas».

M. Dummont parte también en su investigación de la idea
spenceriana, pero dándole más amplitud en el sentido de que la
oposición que existe entre la «individualización» y la «generabilidad», se
debe, no tanto, a la disminución de la potencia generadora, como a la
voluntad generadora, denominando a la ley que resume esta oposición,
ley de la «capilaridad social» (J. R. ASTORGA BARRIGA, Control de

Natalidad, página 33. 1933).
En un extenso análisis de la inversión que el individuo hace de sus
recursos, manifiesta que preferentemente, por su egoísmo, el hombre
trata de invertir más en pasarlo bien y buscar mejores oportunidades,
política y socialmente, que en emplearlo en la crianza de una prole
numerosa.
Además, la civilización tiende a hacer más efectivo el juego de
esta ley de la capilaridad, porque ella fuerza al hombre a elevarse más
alto, sacrificando en ello mucha parte de sus recursos. Sabemos bien
que la civilización se traduce en un continuo aumento de nuevas
necesidades, nuevos placeres, nuevas formas de actividad, lo que trae
como consecuencia hacer aparecer estrecho siempre todo presupuesto
de vida, es decir, aumenta los gastos personales, ya sea para
proporcionarse un placer o para el propio desenvolvimiento. Recordemos
que la escala social tiene tantos peldaños cuanto más civilizada es, y
para ascenderla es necesario incurrir en gastos que se restan al
presupuesto de la crianza y educación de los hijos, presupuesto, que por
otra parte, es cada día mas elevado.
Vemos que el economista CARLOS GIDE, es partidario también de
estas doctrinas sociológicas y estima que la fecundidad de la especie
humana se irá debilitando a medida que el desarrollo moral e intelectual
de los individuos se acreciente.
Triste y poco recomendable que termine en acierto es esta
doctrina que Gide preconiza como un pronóstico para el futuro.
La intención de desbaratarla es justamente lo que persigue la
eugenesia de nuestros días.
Aumentando la masa de los «inferiores», va haciéndose más
notoria la insuficiencia física y psíquica. Generan ellos mismos, por su
gran número, un medio ambiente propio, sui generis, que pronto, a ellos
mismos se les hace insoportable. Vienen entonces múltiples y variadas
intentonas de enmendar ese medio ambiente ya irrespirable;
desesperados por ese «no cambio de cosas», toman esos cerebros –el
número lo justifica–, iniciativas de un futuro incierto, de realización
imposible. Surgen los trastornos fundamentales sobre bases ideológicas,
todas carentes en fuerte grado de principios científicos.
No los apadrina la experiencia, los guía una inquietud ciega,
vehemente por lo desesperada, que los lleva a la innovación trunca, a la
innovación problemática. Aparece lo que llamamos experimentos
políticos. Conocemos varios, todos de resultados discutibles, todos

seguramente muy distantes de los deseados.
¿No está aquí la cuna del germen de lo que hoy se denomina:
«Injusticia social»?
Todo aquello son preocupaciones de la Eugenesia, y entran en
realidad bajo el dominio de una rama de ella, la eugenesia negativa, la
que quiere persuadir al hombre que tenga hijos sólo cuando es sano y
robusto. Quiere a la vez darle todos los consejos para que se mantenga
como tal,., quiere que no tenga razón LA BRUYERE cuando afirma en
uno de sus pensamientos: «La mayor parte de los hombres emplea la
primera parte de su vida en hacer infeliz la segunda». No olvidemos que
es justamente en la «segunda» cuando la Eugenesia necesita más al
hombre.
Esta eugenesia negativa ha tomado cuerpo sólo en los últimos
cinco años, cuando ella generó la Ley de 1933 para «precaver una
descendencia con taras hereditarias» que vio la luz en Alemania y que
vino a traer a un primer plan todo el conglomerado de leyes de índole
más o menos parecida que había en diversas partes del orbe.

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