Ediciones Boca del Lobo en su nueva y mejorada edición de tapa dura completamente hecha a mano, invita al lector a una refrescante lectura de una serie de fragmentos de esta obra sin igual. Apoyar esta noble labor que realizamos de forma independiente obteniendo nuestros ejemplares como un medio de trabajo y lucha Honesto en un país en decadencia y guerra urbana, estos son manipulados por movimientos de Izquierda ignorantes que solo obedecen a los Grupos de Poder económicos a Nivel Mundial.

Prólogo del Autor.
En cumplimiento del fallo dictado por el Tribunal Popular de Munich, el 1° de abril de 1924 debía comenzar mi reclusión en el presidio de Landsberg am Lech. Así se me presentaba, por primera vez después de muchos años de ininterrumpida labor, la posibilidad de iniciar una obra reclamada por muchos y que yo mismo consideraba útil a la causa nacionalsocialista. En consecuencia, me había decidido a exponer no sólo los fines de nuestro Movimiento, sino a delinear también un cuadro de su desarrollo, del cual será posible aprender más que de cualquier otro estudio puramente doctrinario. Aquí tuve igualmente la oportunidad de hacer un relato de mi propia evolución, en la medida necesaria para la mejor comprensión del libro y al mismo tiempo para destruir las tendenciosas leyendas sobre mi persona propagadas por la prensa judía. Al escribir esta obra no me dirijo a los extraños, sino a aquéllos que, perteneciendo de corazón al Movimiento, ansían penetrar más profundamente en la Ideología Nacionalsocialista. Bien sé que la viva voz gana más fácilmente las voluntades que la palabra escrita y que, asimismo, el progreso de todo Movimiento trascendental en el mundo se ha debido, generalmente, más a grandes oradores que a grandes escritores. Sin embargo, es indispensable que una doctrina quede expuesta en su parte esencial para poderla sostener y poderla propagar de manera uniforme y sistemática. Partiendo de esta consideración, el presente libro constituye la piedra fundamental que yo aporto a la obra común. Adolf Hitler (Presidio de Landsberg am Lech, 16 de octubre de 1924.)

En el Hogar Paterno (fragmentos)
Considero una feliz predestinación el haber nacido en la pequeña ciudad de Braunau am Inn; Braunau, situada precisamente en la frontera de esos dos estados alemanes cuya fusión se nos presenta – por lo menos a nosotros, los jóvenes- como un cometido vital que bien merece realizarse a todo trance. La Austria germana debe volver al acervo común de la patria alemana, y no por razón alguna de índole económica. No, de ningún modo, pues aun en el caso de que esta fusión, considerada económicamente, fuera indiferente o resultara incluso perjudicial, debería efectuarse a pesar de todo. Pueblos de la misma sangre se corresponden a una patria común. Mientras el pueblo alemán no pueda reunir a sus hijos bajo un mismo Estado, carecerá de todo derecho moralmente justificado para aspirar a acciones de política colonial. Sólo cuando el Reich, abarcando la vida del último alemán, no tenga ya posibilidades de asegurarle a éste su subsistencia, surgirá de la necesidad del propio pueblo la justificación moral para adquirir la posesión de tierras extrañas. El arado se convertirá entonces en espada, y de las lágrimas de la guerra brotará el pan diario para la posteridad. La pequeña población fronteriza de Braunau me parece constituir el símbolo de una gran obra. Aun en otro sentido se yergue también hoy ese lugar como una advertencia para el porvenir. Cuando esta insignificante población fue, hace más de cien años, escenario de un trágico suceso que conmovió a toda la Nación alemana, su nombre quedaría inmortalizado por lo menos en los anales de la historia de Alemania. En la época de la más terrible humillación impuesta a nuestra patria, rindió allí su vida el librero de Nürnberg, Johannes Palm, obstinado nacionalista y enemigo de los franceses. Se había negado rotundamente a delatar a sus cómplices revolucionarios, mejor dicho, a los verdaderos promotores. Murió igual que Leo Schlageter, y como éste, Johannes Palm fue también denunciado a Francia por un funcionario. Un director de policía de Augsburgo cobró la triste fama de la denuncia y creó con ello el tipo de las autoridades alemanas del tiempo del señor Severing. En esa pequeña ciudad sobre el Inn, bávara de origen, austríaca políticamente, y ennoblecida por el martirologio alemán, vivieron mis padres, allá por el año 1890. Mi padre era un leal y honrado funcionario. Mi madre, ocupada en los quehaceres del hogar, tuvo siempre para sus hijos invariable y cariñosa solicitud. Poco retiene mi memoria de aquel tiempo, pues pronto mi padre tuvo que abandonar el lugar que había ganado su afecto, para ir a ocupar un nuevo puesto en Passau, es decir, en Alemania. En aquellos tiempos, la suerte del aduanero austríaco era peregrinar a menudo. De ahí que mi padre tuviera que pasar a Linz, donde acabó por jubilarse. Ciertamente esto no debió significar un descanso para el anciano. Mí padre, hijo de un simple y pobre campesino, no había podido resignarse en su juventud a permanecer en la casa paterna. No tenía aún trece años, cuando lió su morral y se marchó del terruño en Waldviertel. Iba a Viena, desoyendo el consejo de los lugareños con experiencia, para aprender allí un oficio. Ocurría esto el año 50 del pasado siglo. ¡Grave resolución la de lanzarse en busca de lo desconocido, provisto sólo de tres florines! Pero cuando, el adolescente cumplía los diecisiete años y había ya superado su examen de oficial de taller, no estaba, sin embargo, satisfecho de sí mismo. Por el contrario, las largas penurias, la eterna miseria y el sufrimiento reafirmaron su decisión de abandonar el taller para llegar a ser «algo más». Si cuando niño, en la aldea, el señor cura le parecía la expresión de lo más alto humanamente alcanzable, ahora, dentro de su esfera enormemente ampliada por la gran urbe, lo era el funcionario. Con toda la tenacidad propia de un hombre ya envejecido en la adolescencia por las penalidades de la vida, el muchacho se aferró a su resolución de convertirse en funcionario, y lo fue. Creo que poco después de cumplir los veintitrés años consiguió su propósito. Parecía así estar cumplida la promesa de aquel pobre niño de no regresar a la aldea paterna sin haber mejorado su situación. Ya había alcanzado su ideal. En su aldea nadie se acordaba de él, y a él mismo su aldea le resultaba desconocida. Cuando finalmente, a la edad de cincuenta y seis años, se jubiló, no habría podido conformarse a vivir como un desocupado. Y he aquí que en los alrededores de la ciudad austríaca de Lambach adquirió una pequeña propiedad agrícola; la administró personalmente, y así volvió, después de una larga y trabajosa vida, a la actividad originaria de sus antepasados. Fue sin duda en aquella época cuando forjé mis primeros ideales. Mis ajetreos infantiles al aire libre, el largo camino a la escuela y la camaradería que mantenía con muchachos robustos, lo cual era motivo frecuentemente de hondos cuidados para mi madre, pudieron haberme convertido en cualquier cosa menos en un poltrón. Si bien por entonces no me preocupaba seriamente la idea de mi profesión futura, sabía en cambio que mis simpatías no se inclinaban en modo alguno hacia la carrera de mi padre. Creo que ya entonces mis dotes oratorias se ejercitaban en altercados más o menos violentos con mis condiscípulos. Me había hecho un pequeño caudillo, que aprendía bien y con facilidad en la escuela, pero que se dejaba tratar difícilmente. Cuando, en mis horas libres, recibía lecciones de canto en el coro parroquial de Lambach, tenía la mejor oportunidad de extasiarme ante las pompas de las brillantísimas celebraciones eclesiásticas. De la misma manera que mi padre vio en la posición del párroco de aldea el ideal de la vida, a mí la situación del abad me pareció también la más elevada posición. Al menos, durante cierto tiempo así ocurrió. Mi padre, por motivos fácilmente comprensibles, no prestaba mucha atención al talento oratorio de su travieso vástago para sacar de ello conclusiones favorables en relación con su futuro, resultando obvio que no concordase con mis ideas juveniles. Aprensivo, él observaba esta disparidad de naturalezas. En realidad, la vocación temporal por la citada profesión desapareció muy pronto, para dar paso a esperanzas más acordes con mi temperamento. En el estante de libros de mi padre encontré diversas obras militares, entre ellas una edición popular de la guerra franco-prusiana de 1870-71. Eran dos tomos de una revista ilustrada de aquella época, que convertí en mi lectura predilecta. No tardó mucho para que la gran lucha de los héroes se transformase para mí en un acontecimiento de la más alta significación. Desde entonces me entusiasmó, cada vez más, todo lo que tenía alguna relación con la guerra o con la vida militar. Pero también en otro sentido debió tener esto significado para mí. Por primera vez, aunque en forma poco precisa, surgió en mi mente la pregunta de sí realmente existía, y en caso de existir, cuál podría ser la diferencia entre los alemanes que combatieron en la guerra del 70 y los otros alemanes, los austríacos. Me preguntaba yo: ¿Por qué Austria no tomó parte en esa guerra junto a Alemania? ¿Por qué mi padre y todos los demás no se batieron también? ¿Acaso no somos todos lo mismo? ¿No formamos todos un único cuerpo? A mis cautelosas preguntas, tuve que oír con íntima sorpresa la respuesta de que no todo alemán tenía la suerte de pertenecer al Reich de Bismarck. Esto, para mí, era inexplicable. Habían decidido que yo estudiase. Considerando mí carácter, y sobre todo mi temperamento, mi padre creyó llegar a la conclusión de que la enseñanza clásica del Lyceum ofrecía una flagrante contradicción con mis tendencias intelectuales. Le parecía que en una Realschule me iría mejor. En esta opinión se aferró aún más ante mi manifiesta aptitud para el dibujo, disciplina cuya dedicación, a su modo de ver, era tratada con negligencia en los Gymnasium austríacos. Quizá estuviera también influyendo en ello decisivamente su difícil lucha por la vida, durante la cual el estudio de las humanidades sería, ante sus ojos, de poca o ninguna utilidad. Por principio, era de la opinión de que su hijo naturalmente sería y debía ser funcionario público. Su amarga juventud hizo que el éxito en la vida fuera para él visto como producto de una férrea disciplina y de la propia capacidad de trabajo. Era el orgullo del hombre que se había hecho a sí mismo lo que le inducía a querer elevar a su hijo a una posición igual o, si ello fuera posible, más alta que la suya, tanto más cuanto que por su propia experiencia se creía en condiciones de poder facilitar en gran medida la evolución de aquél. El pensamiento de una oposición a aquello que para él se configuró como objetivo de toda una vida, le parecía inconcebible. La resolución de mi padre era pues simple, definida, nítida y, ante sus ojos, comprensible por sí misma. Finalmente, para su comportamiento, vuelto imperioso a lo largo de una amarga lucha por la existencia, en el devenir de su vida toda, le parecía algo totalmente intolerable entregar la última decisión a un joven que le parecía inexperto e incluso irresponsable. Era imposible que ello se adecuase con su usual concepción del cumplimiento del deber, pues representaría una disminución reprobable de su autoridad paterna. Además de eso, sólo a él le cabía la responsabilidad del futuro de su hijo. Sin embargo, las cosas iban a acontecer de manera diferente. Por primera vez en mi vida, cuando apenas contaba once años, debí oponerme a mi padre. Si él era inflexible en su propósito de realizar los planes que había previsto, no menos irreductible y porfiado era su hijo para rechazar una idea que poco o nada le agradaba. ¡Yo no quería convertirme en funcionario! Ni los consejos ni las serias amonestaciones consiguieron reducir mi oposición. ¡Nunca, jamás, de ninguna manera, sería yo funcionario público! Todas las tentativas para despertar en mí el amor por esa profesión, inclusive la descripción de la vida de mi propio padre, se malograban y me producían el efecto contrario. Me resultaba abominable el pensamiento de, cual un esclavo, llegar un día a sentarme en una oficina, de no ser el dueño de mi tiempo sino, al contrario, limitarme a tener como finalidad en la vida llenar formularios. ¿Qué ilusión podría despertar esto en un joven que era todo, menos dócil, en el sentido frecuente del término? ..

Capítulo IV “Guerra Mundial” (fragmentos)
Nada me había entristecido tanto en los agitados años de mi juventud como la idea de haber nacido en una época que parecía erigir sus templos de gloria exclusivamente para comerciantes y funcionarios. Los acontecimientos históricos daban la impresión de haber llegado a un grado de aplacamiento que bien podía creerse que el futuro pertenecía realmente sólo a la «competencia pacífica de los pueblos» o, lo que es lo mismo, a un tranquilo y mutuo engaño con exclusión de métodos violentos de acción. Los Estados iban asumiendo cada vez más el papel de empresas que se socavaban recíprocamente y que también recíprocamente se arrebataban clientes y pedidos, tratando de aventajarse los unos a los otros por todos los medios posibles y todo esto en medio de grandes e inofensivos aspavientos. Semejante evolución no solamente parecía persistir, sino que por recomendación universal debía también en el futuro transformar al mundo en un único y gigantesco bazar, en cuyos halls se colocarían, como símbolos de la inmortalidad, las efigies de los especuladores más refinados y de los funcionarios de administración más desidiosos. De vendedores podían hacer los ingleses, de administradores los alemanes y de propietarios no otros, por cierto, que los judíos, puesto que, como ellos mismos confiesan, siempre lucran, nunca les toca «pagar» y, además de eso, hablan la mayoría de las lenguas. ¿Por qué no nací cien años antes, verbigracia, en la época de las guerras libertarias, en que el hombre valía realmente algo, aun sin tener un «negocio»? Muchas veces me asaltaban pensamientos desagradables relativos a mi peregrinación terrena, demasiado tardía en mi opinión, y la época «de calma y orden» que se me ofrecía la consideraba como una infamia inmerecida del Destino. Yo, desde mi más tierna infancia, no fui «pacifista». Todos los intentos de educación en ese sentido habían resultado inútiles. La Guerra de los Boers, entonces desencadenada, me produjo el efecto de un relámpago. Diariamente, aguardaba impaciente los periódicos, devoraba las noticias de telegramas y boletines y me consideraba feliz por ser, al menos desde lejos, testigo de esa lucha titánica. La guerra ruso japonesa me sorprendió sensiblemente más sazonado y, también, más atento a los acontecimientos. Me movían, sobre todo, razones nacionales. Desde los primeros momentos, tomé partido, y, rebatiendo las opiniones corrientes, me coloqué inmediatamente a lado de los japoneses, pues veía en la derrota de los rusos una disminución del espíritu eslavo en Austria. Muchos años pasaron desde entonces, y aquello que antaño, cuando todavía muchacho, me parecía mórbido, lo comprendía ahora como la calma antes de la tempestad. Ya desde mi época en Viena se sentía sobre los Balcanes una atmósfera pesada, preludio de tempestad, y cuando centelleos más claros rasgaban el cielo, éstos se perdían entre las tinieblas siniestras. En seguida, llegó la Guerra de los Balcanes, y, con ella, el primer temporal azotó a Europa, ahora nerviosa ya. La época siguiente influyó como una pesadilla sobre los hombres. El ambiente estaba tan cargado que, en virtud del malestar que a todos afligía, la catástrofe que se aproximaba llegó a ser deseada. ¡Que los cielos diesen libre curso al Destino, ya que no había barreras que lo detuviesen! Cayó entonces el primer rayo formidable sobre la Tierra; la tempestad se desencadenó, y a los truenos del cielo se unieron las baterías de la Guerra Mundial. Cuando en Munich se difundió la noticia del asesinato del Archiduque Francisco Fernando (estaba en casa y oí sólo vagamente lo ocurrido), me invadió en el primer momento el temor de que tal vez el plomo homicida procediese de la pistola de algún estudiante alemán que, irritado por la constante labor de eslavización que fomentaba el heredero del trono austriaco, hubiese intentado salvar al pueblo alemán de aquel enemigo interior. No era difícil imaginarse cuál hubiera podido ser la consecuencia de esto: una nueva era de persecuciones que para el mundo entero hubieran sido «justificadas» y de «fundado motivo’. Pero cuando poco después me enteré del nombre de los supuestos autores del atentado y supe, además, que se trataba de elementos serbios, me sentí sobrecogido de horror ante la realidad de esa venganza del Destino insondable. ¡El más grande amigo de los eslavos cayó bajo el plomo de un fanático eslavo! Quien en los años anteriores al atentado hubiese tenido ocasión de estudiar detenidamente el estado de las relaciones entre Austria y Serbia, no podía dudar ni un instante de que la piedra había empezado a rodar y que ya era imposible detenerla. Es injusto hacer pesar hoy críticas sobre el gobierno vienés de entonces acerca de la forma y del contenido de su ultimátum a Serbia. Ningún poder en el mundo hubiera podido obrar de otro modo, en igualdad de circunstancias y condiciones. Austria tenía en su frontera sudeste un irreconciliable enemigo que provocaba sistemáticamente a la Monarquía de los Habsburgos y que no habría cejado jamás hasta encontrar el momento preciso para la ansiada destrucción del Imperio Austro-Húngaro. Había sobrada razón para suponer que el caso se produciría a más tardar con la muerte del viejo Emperador Francisco José. En ese momento, tal vez la Monarquía no estuviese en condiciones de ofrecer resistencia seria. El Estado entero se encontraba en sus últimos años, de tal manera dependiente de la vida de Francisco José, que la muerte de ese hombre, tradicional personalización del Imperio, equivaldría, en el sentir de la masa popular, a la muerte del propio Imperio. Era hasta considerada una de las más inteligentes maniobras, sobré todo de la política eslava, hacer creer que Austria debía su existencia a la habilidad extraordinaria y única de ese monarca. Esa adulación era tanto más apreciada en la corte, pues no correspondía en realidad al mérito de ese Emperador. No se podía ver la espina escondida detrás de esa adulación. No se percibía o no se quería ver que, cuanto más la Monarquía dependiese del «extraordinario arte de gobernar», como se acostumbraba decir, de éste, «el más sabio monarca de todos los tiempos», tanto más catastrófica sería la situación, cuando un día el Destino batiese a esa puerta, reclamando su tributo. ¿Sería posible imaginar a la vieja Austria sin su viejo Emperador? ¿No se repetiría, inmediatamente, la tragedia que antaño sucedió a María Teresa? ¡No! Evidentemente que no es justo atribuirles a los círculos oficiales de Viena el haber instado a la guerra, pensando que quizá se la hubiera podido evitar todavía. Esto ya no era posible; cuanto más, se habría podido aplazar por uno o dos años. Pero en esto residía precisamente la maldición que pesaba sobre la diplomacia alemana y también sobre la austriaca, que siempre tendían a dilatar las soluciones inevitables, para luego verse obligadas a actitudes decisivas en el momento menos oportuno. Puédese estar seguro de que una nueva tentativa para salvar la paz habría conducido tan sólo a precipitar la guerra, seguramente en una época todavía más desfavorable. Quien no quisiese esta guerra debería tener el valor de cargar con las consecuencias. Ésas, por tanto, sólo podrían consistir en el sacrificio de Austria. Asimismo, la guerra habría venido, tal vez no como la lucha de todos contra nosotros, sino más bien teniendo como finalidad el aniquilamiento de la Monarquía de los Habsburgos. De cualquier modo, una decisión tenía que ser tomada: o entrábamos en la guerra o quedábamos al margen, observando, al fin de cuentas, de brazos cruzados, al Destino seguir su curso. Justamente aquellos que hoy más vociferan contra el desencadenamiento de la guerra fueron los que más funestamente ayudaron a atizarla. La Socialdemocracia se había empeñado desde decenios atrás en realizar la más infame agitación belicosa contra Rusia, y el partido católico había hecho del Estado austriaco, por razones de índole religiosa, el punto de referencia capital de la política alemana. Por fin había llegado el momento de soportar las consecuencias de tan absurda orientación. Lo que vino, debió venir fatalmente. El error del gobierno alemán, deseando mantener la paz a toda costa, fue el de haber dejado pasar siempre el momento propicio para tomar la iniciativa, aferrado como estaba a su política aliancista con la que creía servir a la paz universal y que, a la postre, le condujo únicamente a ser la víctima de una coalición mundial que, a su ansia de conservar la paz, le opuso una inquebrantable decisión de ir a la guerra. En el caso de que el gobierno de Viena hubiese dado una forma más suave a su ultimátum, en nada habría cambiado la situación. Cuanto mucho habría sido barrido del poder por la indignación popular. Ante los ojos de la gran masa del pueblo, el tono del ultimátum todavía era demasiado blando, y de ningún modo le parecía brutal. En él no se contenían excesos. Quien hoy procure negar eso, o es un desmemoriado o un mentiroso consciente. Gracias a Dios, la lucha del año 1914 no fue, en realidad, impuesta y sí deseada por el pueblo entero. Todos querían acabar de una vez con la inseguridad generalizada. Sólo así se puede comprender también que más de dos millones de alemanes, hombres y muchachos, se alineasen voluntariamente bajo su bandera, decididos a protegerla hasta la última gota de su sangre. Aquellas horas fueron para mí una liberación de los desagradables recuerdos de juventud. Hasta hoy no me avergüenzo de confesar que, dominado por un entusiasmo delirante, caí de rodillas y, de todo corazón, agradecí a los cielos haberme proporcionado la felicidad de haber vivido en esa época. Estalló una gigantesca lucha libertaria, gigantesca como ninguna otra en la Historia. Apenas se hubo desencadenado la fatalidad, cundió en la gran masa del pueblo la convicción de que esta vez no iba a tratarse de la suerte aislada de Serbia o de Austria, sino de la existencia de la Nación alemana. Por primera vez, después de muchos años, el pueblo veía claro su propio futuro. Así fue como, después del comienzo de las hostilidades, todavía bajo la acción de un contagioso entusiasmo, brotaron, en el espíritu del pueblo, los sentimientos a la altura de las circunstancias, pues solamente esta idea de salvación general consiguió que la exaltación nacional significase alguna cosa más que simples fuegos de artificio. La certeza de la gravedad de la situación era, por ello, necesaria por demás. En general, nadie podía, en aquella época, tener la menor idea de la duración de la lucha que entonces se iniciaba. Se soñaba con poder estar de vuelta a casa en el próximo invierno, a fin de reemprender el trabajo pacífico. Aquello que el hombre desea sirve como objeto de esperanza y creencia. La gran mayoría de la Nación estaba cansada del eterno estado de inseguridad. Sólo así se puede comprender que no se pensase en una solución pacífica del conflicto austro-serbio, sino en una solución definitiva para las complicaciones existentes. Al número de esos millones que pensaban así, yo me incluía. Dos ideas pasaron por mi mente cuando la noticia del atentado de Sarajevo se había difundido en Munich: primero, que la guerra sería al fin inevitable, y, segundo, que al Estado de los Habsburgos no le quedaba otro recurso que mantener en pie el pacto de alianza con Alemania. Lo que siempre había yo temido era la posibilidad de que un día la misma Alemania resultase envuelta en un conflicto, quizás justamente debido a este pacto, pero sin que Austria fuese la causante directa, de modo que el Estado austriaco, por razones de política interna, hubiese carecido de la energía suficiente para adoptar la decisión de respaldar a su aliado. La mayoría eslava del Imperio Austro-Húngaro hubiera comenzado inmediatamente a sabotear la alianza y hubiese preferido, en todo caso, precipitar la ruina del Estado antes que prestarle a su aliado la ayuda a que se hallaba obligado. En aquella desgraciada ocasión, tal peligro quedó eliminado. La vieja Austria debía entrar en acción, queriéndolo o no. Mi criterio personal en cuanto al conflicto era claro y sencillo: Austria no se empeñaba por obtener una satisfacción de parte de Serbia, sino que al arrastrar consigo a la Nación alemana la obligaba a ésta a luchar por su existencia, por su autonomía y por su porvenir. La obra de Bismarck debía ponerse a prueba: aquello que nuestros abuelos habían alcanzado en las batallas de Weissenburg, Sedán y París a costa del heroico sacrificio de su sangre, tenía que lograrlo ahora de nuevo el joven Reich alemán. Coronada victoriosamente la lucha, nuestra Nación habría vuelto a colocarse por virtud de su pujanza exterior en el círculo de las grandes potencias. Sólo entonces podía Alemania constituirse en un poderoso baluarte de paz, sin tener que restringir a sus hijos el pan cotidiano por amor a la paz universal. Cuántas veces, todavía muchacho, tuve el deseo sincero de probar con hechos que para mí el entusiasmo nacional no era una pura fantasía. Me parecía muchas veces casi un crimen aplaudir a quien fuese sin estar convencido de la razón de ser de su actitud. ¿Quién tenía el derecho de actuar así sin haber pasado por aquellos momentos difíciles en que la mano inexorable del Destino, dando a los acontecimientos un tono más serio, exige la sinceridad de las actitudes humanas? Mi corazón, como el de otros millones, rebosaba de orgullo y felicidad por poder liberarme de esa situación de inercia. Tantas veces había cantado el «Deutschland, Deutschland über Alles» con todas las fuerzas de mis pulmones y gritado `¡Heil…!’; que casi me parecía una gracia especial poder comparecer ahora, ante la justicia divina, para afirmar la sinceridad de mi actitud. Desde el primer instante estuve firmemente decidido a que, en caso de guerra ésta me parecía inevitable-, abandonaría los libros inmediatamente. Al mismo tiempo sabía muy bien que mi lugar sería aquel al que me llamaba la voz de la conciencia. Por motivos políticos, había preliminarmente abandonado Austria. Nada más natural, pues, que ahora que se iniciaba la lucha, coherente con mis opiniones políticas, procediera así. No era mi deseo luchar por el Imperio de los Habsburgos. Estaba dispuesto, sin embargo, a morir, en cualquier momento, por mi pueblo o por el gobierno que lo representase en realidad….

Capítulo VII “El comienzo de mi actividad Política “(fragmentos)
A fines de noviembre de 1918 volví a Munich para incorporarme de nuevo al batallón de reserva de mi regimiento, que ahora estaba sometido al «Consejo de Soldados». Allí el ambiente me fue tan repugnante que opté por retirarme cuanto antes. En compañía de un leal camarada de guerra, Ernst Schmiedt, me trasladé a Traunstein, donde permanecí hasta la disolución del campamento. En marzo de 1919 regresamos a Munich. La situación en esta ciudad se había hecho insostenible y tendía irremediablemente a la prosecución del Movimiento revolucionario. La muerte de Eisner precipitó los acontecimientos y acabó por establecerse una pasajera dictadura soviética, mejor dicho, una hegemonía judaica tal como la habían soñado en sus orígenes los promotores de la Revolución. Durante esta época, infinidad de planes pasaron por mi mente. Días enteros meditaba sobre lo que podía hacer, pero llegaba siempre a la conclusión de que, debido al hecho de ser yo un desconocido, no reunía los requisitos indispensables para garantizar el éxito de cualquier actuación. Más adelante volveré a hablar sobre los motivos que me indujeron a no afiliarme a ningún partido de los existentes. En el curso de la nueva dictadura, muy pronto mi actuación me valió la mala voluntad del Consejo Central. En efecto, en la mañana del 27 de abril de 1919 debí ser apresado, pero los tres sujetos encargados de cumplir la orden no tuvieron suficiente valor ante mi fusil preparado, y se marcharon como habían venido. Pocos días después de la liberación de Munich fui destinado a la comisión investigadora de los sucesos revolucionarios del 2° Regimiento de Infantería. Ésta fue mi primera actuación de carácter más o menos político. Algunas semanas más tarde recibí la orden de tomar parte en un «curso» para los integrantes de la institución armada. En este curso el soldado debía adquirir ciertos fundamentos inherentes a la concepción ciudadana. Para mí tuvo esto la importancia de brindarme la oportunidad de conocer a algunos camaradas que pensaban como yo y con los cuales pude cambiar detenidamente ideas sobre la situación reinante. Todos sin excepción participábamos del firme convencimiento de que no serían los partidos políticos del crimen de noviembre, es decir, el Partido del Centro y el Socialdemócrata, los que salvarían a Alemania de la ruina inminente; por otra parte, sabíamos también que las llamadas asociaciones «nacional-burguesas» jamás serían capaces de reparar, aun animadas de la mejor voluntad, lo ya sucedido. Faltaba una serie de condiciones esenciales, sin las cuales el éxito no era posible. El correr del tiempo demostró lo acertado de nuestras previsiones. De ahí que en nuestro pequeño círculo surgiese la idea de formar un nuevo partido. Los principios que entonces nos inspiraron fueron los mismos que más tarde iban a aplicarse prácticamente en la organización del Partido Alemán de los Trabajadores 1. El nombre del Movimiento que se iba a crear debía ofrecer desde un principio la posibilidad de acercamiento a la gran masa, pues, faltando esta condición toda labor resultaría infructuosa y sin objeto. Así es como nos vino a la mente el nombre de «Partido Social Revolucionario», y esto porque las tendencias de la nueva organización significaban realmente una revolución social. La causa fundamental radicaba, sin embargo, en lo siguiente: Si bien ya en otros tiempos me había ocupado del estudio de problemas económicos, mí interés por éstos quedó circunscrito a los límites que corresponden al análisis de la cuestión social en sí. Sólo después se amplió este marco gracias al examen que hice de la política aliancista del Reich que, en buena parte, fue el resultado de una errónea apreciación de la economía nacional, así como de la falta de un cálculo claro sobre las posibles condiciones básicas de la subsistencia del pueblo alemán en el futuro. Todas estas ideas descansaban en la creencia de que, en todo caso, el capital no era más que el resultado del trabajo y que por eso el capital se hallaba sometido, como el trabajo mismo, a las fluctuaciones de todos aquellos factores que fomentan o dificultan la actividad humana. Pensábase que justamente en eso estribaba la importancia nacional del capital, el cual, a su vez, dependía tan enteramente de la grandeza, de la autonomía y del poder del Estado, es decir, de la Nación, que la reunión de los dos por sí misma estaba destinada a conducir al Estado y la Nación, impulsados ambos por el capital, por el sencillo instinto de conservación y de multiplicación. Esa sola subordinación del capital a un Estado soberano y libre, obligaría al capital a actuar por su parte en favor de esa soberanía, poder, capacidad, etcétera, de la Nación. Bajo estas condiciones era relativamente sencilla y fácil la misión del Estado con respecto al capital: se debía cuidar únicamente de que éste se mantuviera al servicio del Estado y no pretendiese convertirse en el amo de la Nación. Este modo de pensar podía circunscribirse entre dos límites; por una parte, conservar una economía nacional vital y autónoma y, por otra, garantizar los derechos sociales del obrero. Al principio no había podido yo distinguir con la claridad deseada la diferencia existente entre el capital propiamente dicho, resultado del trabajo productivo, y aquel capital cuya existencia y naturaleza descansan exclusivamente en la especulación. Me hacía falta pues, una sugestión inicial que aún no había llegado a mí. Esta sugestión la recibí al fin, y muy amplia, gracias a uno de los varios conferenciantes que actuaron en el ya mencionado curso del 2° Regimiento de Infantería: Gottfried Feder. Por primera vez en mi vida, asistí a una exposición de principios relativos al capital internacional, en lo que respecta a las transacciones de la bolsa y los préstamos. Después de escuchar la primera conferencia de Feder quedé convencido de haber encontrado la clave de una de las premisas esenciales para la fundación de un nuevo partido. * En mi concepto, el mérito de Feder consistía en haber sabido precisar rotundamente el carácter tanto especulativo como económico del capital bancario y el de la Bolsa, y de haber, a su vez, puesto al descubierto la eterna condición de su razón de ser: el interés porcentual. Las exposiciones de Feder eran tan ajustadas a la verdad en los problemas fundamentales, que sus críticos impugnaban menos la exactitud teórica de la idea que la posibilidad de su aplicación práctica. De esta forma, aquello que a los ojos de otros era considerado el lado débil de las ideas de Feder, constituía para mí su punto más fuerte. No es tarea del teorizante establecer el grado posible de realización de una idea, sino el saber exponerla; es decir, que el teorizante tiene que preocuparse menos del camino a seguir que de la finalidad perseguida. Lo decisivo es, pues, la exactitud de una idea en principio y no la dificultad que ofrezca su realización. Así, cuando el teorizante busca, en lugar de la verdad absoluta, tomar en consideración las llamadas «oportunidad» y «realidad», dejará éste de ser una estrella polar para transformarse en un recetador cotidiano. El teorizante de un Movimiento ideológico puntualiza la finalidad de éste; el político aspira a realizarla. El primero se subordina en su modo de pensar a la verdad eterna, en tanto que el segundo somete su manera de obrar a la realidad práctica. La grandeza de uno reside en la verdad absoluta y abstracta de su idea, la del otro en el punto de vista cierto en que se coloca con relación a los hechos y al aprovechamiento útil de los mismos, debiendo servir de guía a éste el objetivo del teorizante. En cuanto al éxito de los planes, esto es, la realización de esas acciones, pueden ser consideradas como piedra de toque en la importancia de un político, ya que nunca se podrá realizar la última intención del teorizante sin éste, pues al pensamiento humano le es dado comprender las verdades, adornar ideales claros como el cristal, sin embargo la realización de los mismos es demolida por la imperfección e insuficiencia humanas. Cuanto más abstractamente cierta, y, por tanto, más formidable fuera una idea, tanto más imposible se vuelve su realización, una vez que ésta depende de criaturas humanas. Es por eso que no se debe medir la importancia de los teorizantes por la realización de sus fines, y sí por la verdad de los mismos y por la influencia que ellos tuvieron en el desarrollo de la Humanidad. Si así no fuese, los fundadores de religiones no podrían ser considerados entre los mayores hombres de este mundo, por cuanto la realización de sus intenciones éticas nunca será, ni aproximadamente, íntegra. Incluso la religión del amor, en su acción, no es más que un reflejo débil de la voluntad de su sublime fundador; su importancia por consiguiente reside en las directrices que ella procuró imprimir en el desarrollo general de la cultura y de la moralidad entre los hombres. La gran divergencia entre los problemas del teorizante y los del político es uno de los motivos por los que casi nunca se encuentra una unión entre los dos, en una misma persona. Esto se aplica sobre todo al llamado político de «éxito», de pequeño porte, cuya actividad de facto no es nada más que el «arte de lo posible», como modestamente Bismarck denominaba a la política. Cuanto más libre se mantiene el político de grandes ideas, tanto más fáciles, comunes, rápidos y también visibles serán sus éxitos. Aunque es verdad también que éstos están destinados al olvido de los hombres y, a veces, no llegan ni a sobrevivir a la muerte de sus creadores. La obra de tales políticos es, de modo general, sin valor alguno para la posteridad, pues su éxito eventual reposa en el alejamiento de todos los problemas e ideas grandiosas que como tales hubieran sido de gran importancia para las generaciones venideras. La realización de ideas destinadas a tener influencia sobre el futuro es poco lucrativa y sí muy raramente comprendida por la gran masa, a la que interesan más las reducciones de precio en la cerveza y en la leche que los grandes planes de futuro, de realización tardía y cuyo beneficio, al final, sólo será usufructuado por la posteridad. Es así como, por una cierta vanidad, la que está siempre asociada a la política, la mayoría de los políticos se apartan de los proyectos realmente difíciles, para no perder la simpatía de la gran masa. El éxito y la importancia de ese político residen exclusivamente en el presente, y son inexistentes para la posteridad. Esos microcéfalos poco se enfadan por eso; ellos se contentan con poco. Diferentes son las condiciones del teorizante. Su importancia casi siempre está en el futuro, por eso no es raro que se le considere lunático. Si el arte del político era considerado el arte de lo posible, se puede decir del idealista que él pertenece a aquellos que sólo agradan a los dioses cuando exigen o quieren lo imposible. Él tendrá casi siempre que renunciar al reconocimiento del presente; adquiere, por ello, en el caso de que sus ideas sean inmortales, la gloria de la posteridad. En períodos raros de la historia de la Humanidad puede acontecer que el político y el idealista se reúnan en la misma persona. Cuanto más íntima fuese esa unión, tanto mayores serán las resistencias opuestas a la acción del político. Él no trabaja ya más para las necesidades al alcance del primer burgués, y sí por los ideales que sólo pocos comprenden. Es por eso que su vida es blanco del amor y del odio. La protesta del presente, que no comprende al hombre, lucha con el reconocimiento de la posteridad por la cual él trabaja. Cuanto mayores fueran las obras de un hombre para el futuro, tanto menos serán éstas comprendidas por el presente; cuanto más dura sea la lucha, tanto más raro el éxito. Si en años nada le sonríe, es posible que en sus últimos días le circunde un tenue halo de gloria venidera. Es cierto que esos grandes hombres son los corredores del maratón de la Historia. La corona de laurel del presente se pone más comúnmente en las sienes del héroe moribundo. Entre éstos se encuentran los grandes luchadores que, incomprendidos por el presente, están decididos a luchar por sus ideas y sus ideales. Son éstos los que, tarde o temprano, tocarán el corazón del pueblo. Hasta parece que cada uno siente el deber de, en el presente, redimir el pecado cometido en el pasado. Su vida y acción están acompañadas de cerca por la admiración conmovedoramente grata, lo que consigue, sobre todo en los días de tristeza, levantar corazones destrozados y almas desesperadas. Pertenecen a esta clase no sólo los grandes estadistas, sino también los grandes reformadores. Al lado de Federico el Grande, figura aquí Martín Lutero, así como Richard Wagner. En la primera conferencia de Gottfried Feder sobre la «abolición de la servidumbre del interés», me di cuenta inmediatamente de que se trataba de una verdad teórica de trascendental importancia para el futuro del pueblo alemán. La separación radical entre el capital bursátil y la economía nacional ofrecía la posibilidad de oponerse a la internacionalización de la economía alemana, sin comprometer al mismo tiempo, en la lucha contra el capital, la base de una autónoma conservación nacional. Yo presentía demasiado claro el desarrollo de Alemania para no saber que la lucha más intensa no debía ya dirigirse contra los pueblos enemigos, sino contra el capital internacional. En las palabras de Feder descubrí un lema grandioso para esa lucha del porvenir. El curso de acontecimientos ulteriores debió encargarse de probarnos cuán cierta fue nuestra previsión de aquel tiempo. Los «sabios» entre nuestros políticos burgueses ya habían dejado de burlarse de nosotros; ellos mismos ven hoy – siempre que no se trate de deliberados falseadores de la verdad- que el capitalismo internacional de la Bolsa no sólo fue el mayor instigador de la guerra, sino que también ahora, en la post-guerra, no cesa en su empeño de hacer de la paz un infierno….

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